Desde el año 1982, la Antártida se hizo familiar en la navegación y la descubierta española de territorios lejanos. Firmamos el Tratado Antártico y la goleta Idus de Marzo, bajo el mando del capitán Javier Babé y con Santiago M. Cañedo como armador, alcanzó en 1983 las costas antárticas. En 1986, asociados con una expedición polaca, científicos del CSIC llegaron a la isla Livingston donde se instaló la Base Antártica Española. Un reto del profesor Antonio Ballester y sus colegas.
Era una Antártida que ya en el año 1974 había llamado la atención de una empresa pesquera gallega, Sapig, que encargó al CSIC de Vigo un estudio, titulado Las pesquerías del krill antártico, sobre las oportunidades de su explotación. Las estimaciones de biomasa de krill oscilan entre 300 y 500 millones de toneladas, posiblemente la mayor de cualquier especie silvestre y base de la red trófica del océano Austral. Por entonces el interés era su utilización como proteína marina, y los países interesados en su pesca eran Noruega, la Unión Soviética y Japón. Actualmente lo son Noruega y China, que capturan un 61 y un 21 % de la cuota, respectivamente. El interés de la industria del krill está en su harina —para piensos de ganadería y acuicultura— y en sus aceites, de elevado interés farmacéutico y alto valor añadido por su contenido en Omega 3 y otros suplementos nutricionales para humanos y mascotas. Este potencial de uso, cincuenta años después de aquel estudio, ha llevado a una explotación regulada por la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, que hasta ahora autorizó un límite de 620.000 toneladas al año. Este límite no se alcanzaba en la temporada de pesca, salvo los dos últimos años, cerrándose la pesquería, de once o doce buques, en agosto, cuando en el 2024 se pescaba el 77 % de esa cuota máxima. Hay empresas que reconocen un incremento de la demanda de aceite de krill de un 20 % en el primer semestre del 2026. Son reflexiones de ecología y de economía; barcos y tecnología contra ballenas y pingüinos.
En paralelo se mantiene el conflicto con organizaciones ecologistas que instan a la Comisión a ser más exigente en la regulación de la pesquería, a la vez que cuestionan la certificación de su sostenibilidad por el Marine Stewardship Council, presentando una objeción formal que discute las certificaciones otorgadas. Algo continuo en la gestión de los mares, en una lucha de intereses descarnada, donde además de los intereses industriales están aquellos representados por las asociaciones ecologistas y también los estratégicos de los países firmantes del tratado, que en octubre del 2026 tendrán que resolver, por unanimidad, un nuevo reparto espacial de las capturas y la propuesta de un área protegida alrededor de la península antártica, para impedir que la industria desplace a los animales que dependen del krill desde hace millones de años, si a tal unanimidad llegan. El capitán Nemo y el profesor Aronnax llegaron al océano austral, pero no intuyeron la importancia del krill.