La ignorancia enferma

Brais Descamps Torres LÍNEA ABIERTA

OPINIÓN

Un niño recibe la vacuna contra el sarampión.
Un niño recibe la vacuna contra el sarampión. Javier Aparicio | EFE

En Galicia, como en el resto de España, hay padres que deciden no vacunar a sus hijos. No por motivos médicos, sino por desinformación, por teorías sacadas de redes sociales o por una desconfianza hacia todo lo que huela a ciencia. Esos padres no están ejerciendo un derecho: están asumiendo un riesgo que no solo afecta a su familia, sino a toda la comunidad. No vacunarse no es una decisión privada; es una grieta en un sistema de protección colectiva que ha costado décadas construir. Gracias a las vacunas, enfermedades que antes llenaban hospitales pasaron a ser casi invisibles. Pero cuando la cobertura baja, vuelven. Y vuelven golpeando a los más vulnerables: bebés que aún no pueden vacunarse, personas mayores, pacientes inmunodeprimidos.

Este año, el Sergas anunció un ensayo clínico con la vacuna frente al virus respiratorio sincitial para mayores de edad, con el objetivo de estudiar si reduce el riesgo de hospitalización. Una vacuna que ya ha demostrado seguridad, capacidad de generar anticuerpos y reducción de infecciones respiratorias. Bastó que la noticia apareciera en Facebook para que se llenara de comentarios hablando de «conejillos de Indias» y «experimentos».

Esa es la tragedia de nuestro tiempo: la ignorancia se expresa con mayúsculas y se comparte en masa. Hoy un vídeo viral tiene más autoridad que años de investigación, más credibilidad que profesionales que dedican su vida a cuidar y a estudiar.

Lo más grave es que este negacionismo sanitario no se queda en la pantalla. Se traduce en niños sin protección, en brotes evitables, en ingresos hospitalarios que nunca deberían producirse, en un sistema sanitario cargando con consecuencias que no son inevitables, sino elegidas.

Vacunar no es un acto de obediencia ciega. Es un gesto de responsabilidad social.