El despertar de la espiritualidad

Alejandro Villamor PROFESOR DE FILOSOFÍA

OPINIÓN

Jóvenes aclamando al papa León XIV durante su visita a Madrid el pasado mes de junio.
Jóvenes aclamando al papa León XIV durante su visita a Madrid el pasado mes de junio. Gabriel Luengas | EUROPAPRESS

Los pantalones de campana ancha tuvieron su momento en los 70. Después pasaron al relicario. No se desempolvaron hasta finales de los 90 y principios del nuevo milenio, tras lo cual retornaron a la oscuridad. Los primeros años de la década del 2010 fueron testigos del ascenso de unos pantalones anchos, caídos, que dejaban ostentosamente a la vista los calzoncillos juveniles. Tras ellos llegaron los pitillos, esos que muchos tenían que ponerse previo untado con aceite. De otra forma, al menos, no se explica cómo sería posible la hazaña. Hace unos pocos años volvió lo ancho, lo oversize. A lo lejos ya se atisban las prendas ceñidas. 

Rosalía lo anticipó con su Lux, el éxito de la película Los domingos lo reforzó, y el auge de obras como Instrucción de novicias: vidas del convento barroco para guiar tu presente —de Ana Garriga y Carmen Urbita— deja poco margen para la duda. Ferran Torres agradece a Dios su ayuda en el Mundial y el filósofo Ernesto Castro, ateo de toda la vida, se bautiza a los 35 años. La espiritualidad está en boga y su otra cara de la moneda, el materialismo nihilista, de capa caída. Las modas también afectan a la cultura y, por extensión, al plano más intelectual de las sociedades.

Decía el pensador británico Bertrand Russell que las ideas filosóficas no quedan relegadas al pasado porque hayan sido refutadas: se olvidan porque aburren. Quedan desfasadas cual pantalón pitillo.

Veremos si todo queda en un bluf sociológico, en anécdota que apenas merece ser mentada. Por de pronto, parece que ha llegado el turno de la espiritualidad. Algo similar aconteció en el siglo XIX. Asfixiados por las luces ilustradas de la razón, por su perfeccionismo geométrico, se rebelaron los artistas e intelectuales de media Europa para devolver el trono a las emociones, para retornar a la noche, a la ebriedad, a la sublimidad de la naturaleza. En la misma onda surfearon los hippies de los 70 que peregrinaron hacia Oriente. Fuera la India o Nepal, tanto tenía. Hartos del modus vivendi capitalista, de su insoportable banalidad, reivindicaron la trascendencia perdida. No la brindada por las religiones domésticas. Su bálsamo de Fierabrás moraba en la mística de las sabidurías orientales. A fin de cuentas, los caminos de la espiritualidad son inescrutables.

El futuro, se repite como un mantra, no es nada halagüeño, especialmente para los jóvenes. El aumento de la tensión bélica o los efectos del cambio climático lo atestiguan. No se hable ya de los flamantes problemas asociados al uso compulsivo de la tecnología o del coste de la vida. ¿A quién puede extrañar que la espiritualidad —en tanto válvula de escape de la realidad material cotidiana— vuelva a palpitar en el imaginario colectivo? Es pronto para anticipar su fuerza, o siquiera para saber si estamos ante un verdadero fenómeno social. Lo que es seguro es que volverá para luego, prestamente, retornar al cajón de la ropa usada.