Europa, la de las flores atadas con rayos de sol

Cecilio Madero Villarejo EXDIRECTOR GENERAL DE COMPETENCIA DE LA COMISIÓN EUROPEA

OPINIÓN

María Pedreda

Se diría que vivimos de un tiempo a esta parte en plena aceleración de la historia (suponiendo que eso sea posible) y que, por lo que concierne a la Unión Europea (a veces tan denostada), estamos en una tesitura perversa. En efecto, o nos integramos más y mejor, de tal modo que podamos actuar como una superpotencia al mismo nivel que los Estados Unidos, China o Rusia (una Europa fuerte que, curiosamente, personajes como Donald Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin quisieran ver disuelta, deshecha, averiada, porque así podrían manejar mejor a sus actuales Estados miembros); o bien la Europa del futuro corre el riesgo de diluirse y dejar de ser útil a sus ciudadanos en un contexto en el que o eres grande y te haces respetar o no existes.

Pero mientras esa Europa política llega (y más vale que no se demore si quiere seguir siendo), hoy quiero referirme a esa otra Europa de las luces, de la Ilustración y de la cultura en la que somos sin duda alguna referencia mundial global e imbatible. Sí, me refiero, entre otros muchos ejemplos posibles, a la Europa que el pasado día 8 de mayo palpé y gocé sin límites en el Pazo Cultural de Carballo en el que Amancio Prada, ese gran cantautor, musico, juglar y poeta al que tanto debemos, ofreció un espléndido concierto de dos horas cantando, recitando a Rosalía de Castro y conectando su luminosa (aunque a veces y a propósito oscura) poesía con la de su contemporáneo y amigo Federico García Lorca y las de Antonio Machado y Gustavo Adolfo Bécquer.

Hombre culto y cabal, tuvo Amancio la elegancia de ir presentando sus canciones con algunas muy púdicas y humildes referencias a su niñez y juventud («me fui tres años a Valladolid a hacer estudios sobre economía agraria porque quería ser agricultor como mi padre, pero vi que no era suficientemente bueno. Por eso decidí dedicarme a la labranza del aire, a la música»). Ahí, en un par de frases apenas susurradas, apareció el Amancio Prada poeta, que inundó con su lirismo la sala en la que actuaba y a su agradecida audiencia. También cuando describió una visita de Lorca a Galicia en la que el poeta granadino dejó al margen por un momento los muchos eventos que le tenían organizados en Santiago y escapó solo a la tumba de su querida Rosalía para depositar en ella «unas flores que acababa de recoger, atadas con rayos de sol».

Escribí estas líneas el pasado 9 de mayo, fecha en la que se celebra cada año el llamado Día de Europa, que conmemora la adopción en 1957 del Tratado de Roma, el cual dio lugar a la creación de la Comunidad Económica Europea (germen de la actual Unión Europea). Tratado que instauró una nueva forma, más civilizada y democrática, de gestionar las diferencias de los Estados europeos, como alternativa a las dos devastadoras guerras mundiales que habían tenido lugar en nuestro continente en ese mismo siglo XX. Esa paz sigue durando hasta hoy y esa Europa de las luces, abierta, culta, democrática, cartesiana, atractiva, sigue perviviendo pese a las múltiples amenazas populistas (internas y externas) que la acechan.

Esa Europa de la que hablo y con la que me identifico plenamente tiene futuro, sí, y lo tiene porque hay y seguirá habiendo hombres como Amancio o mujeres como Rosalía que preserven su ser, su identidad, su cultura, desde la luminosidad de sus ideas y desde cualquier esquina de su geografía. Y es ahora, solo ahora, que vuelvo a refugiarme en mis queridas Muxía y Costa da Morte (partes esenciales de esa Europa llena de encantos), cuando me decido a publicar estas líneas. Gracias, Amancio por seguir labrando el aire, el nordés de Muxía y de Galicia entera, con tu música.

Bien harán los políticos que han de preservar y adecuar esta Europa a los nuevos tiempos, y a los retos que conllevan, en llevarla a buen puerto.