La vida, deporte de equipo

Rafael Arriaza
Rafael Arriaza DIRECTOR DEL INSTITUTO MÉDICO ARRIAZA

OPINIÓN

Los jugadores de la Selección española de fútbol celebran la consecución de la Copa del Mundo.
Los jugadores de la Selección española de fútbol celebran la consecución de la Copa del Mundo. CONTACTO vía Europa Press | EUROPAPRESS

Las empresas, los grupos de trabajo, desde el colegio al mundo laboral, incluso las familias, tienen retos parecidos a los de un equipo deportivo y se pueden analizar bajo unos parámetros similares. Es posible que haya un número de colaboradores, de trabajadores, de estudiantes preparando un trabajo en grupo, o de jugadores en el campo (en cada deporte y cada faceta de la vida puede ser diferente) que aparentemente estén haciendo correctamente su trabajo, pero que no se conecten con lo que los demás necesitan. Actuando como islas en la que cada uno hace lo que cree —bajo su punto de vista, que casi siempre es interesado y solo hay que rascar un poco para apreciarlo con claridad— que es lo correcto, pero que nunca logran formar un equipo. Visto desde fuera, y sobre todo para su propia tranquilidad mental, puede parecer que está cumpliendo con las tareas que les corresponden de manera responsable, incluso manteniendo sus posiciones con lealtad táctica, pero eso no significa necesariamente que lo que cada uno de ellos hace responda a lo que haría falta para tener un equipo funcional. Basta mantenerse un metro atrasado o adelantado para cerrar la línea de pase al compañero y que el balón no circule hacia ellos, por más que gesticulen después reclamando ese pase que nunca llegó o que su GPS registre muchos metros recorridos. Un equipo puede parecer organizado y aun así reaccionar demasiado tarde, o no proteger a un compañero, sea por comodidad, sea por egoísmo, por afán de protagonismo o por no saber ver y leer las situaciones correctamente. Sea como sea, casi nunca los implicados se consideran culpables de nada.

Hoy en día, los entrenadores saben que la organización colectiva no es patrimonio de ningún jugador en particular y, sin embargo, lo es de todos ellos: surge de las distancias que los separan en cada momento, cómo se mueven cuando el balón viaja a otra zona, quién cubre el hueco que queda cuando un compañero sale o es superado, cómo se ajusta una línea cuando otra avanza o retrocede. En general, lo rápido que responde todo el equipo a cada situación.

Es decir, que estar bien posicionado no es suficiente por sí solo. Es como en la vida: tener un título en la identificación, ostentar un puesto, haber aprobado una oposición o ser el fichaje estrella de una cadena o una empresa no implican saber jugar en equipo, aunque una de las respuestas recurrentes en cualquier entrevista es la de «yo soy un jugador de equipo». Luego, la verdad es que muchas veces una sola pieza que no encaje es capaz de deshacer un engranaje que hasta entonces funcionaba de manera fluida y armoniosa. Es necesario que los jugadores se coordinen entre ellos mientras se adaptan a situaciones que están en constante cambio. Es el famoso «moverse como un todo», pero eso no significa que todos hagan lo mismo: cada jugador hará algo diferente, pero es preciso que esas acciones encajen entre sí, para darle la forma a ese todo. Da igual que hablemos de un equipo de pueblo, de la selección campeona del mundo, de un grupo que se va de vacaciones o de un país. Al final, lo más importante no es analizar si cada jugador hizo su trabajo, que por supuesto que es necesario. No. La cuestión capital es saber si lo que hizo cada jugador ayudó al equipo a funcionar como un único organismo, como un todo coordinado.