Solidaridad en vez de flores

Lucía Bazaga Ceballos AL DÍA

OPINIÓN

Niños desplazados posan para una fotografía entre los escombros de edificios destruidos en Jabalya, al norte de la ciudad de Gaza.
Niños desplazados posan para una fotografía entre los escombros de edificios destruidos en Jabalya, al norte de la ciudad de Gaza. MOHAMMED SABER | EFE

Quizá no les suene el nombre de Carmen García García. Fue vecina de Ribeira, donde durante décadas dirigió una sucursal bancaria en un tiempo en el que ese tipo de roles estaba reservado casi exclusivamente a los hombres. Quienes sí la conocieron, como su marido, José, describen a una mujer firme en sus convicciones y atenta siempre a las múltiples causas sociales que la rodearon e interpelaron como persona a lo largo de toda su vida.

Antes de fallecer, Carmen expresó una última voluntad que denota una vida de compromiso: pidió que, en lugar de flores, quienes quisieran honrar su memoria realizaran una aportación solidaria destinada a los niños y las niñas de Gaza a través de UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina. Esta organización trabaja en la Franja garantizando servicios esenciales como la educación, el apoyo psicosocial y el acompañamiento a la infancia palestina, en muchos casos en situaciones de profundo sufrimiento, incluida la orfandad.

Hay gestos que, por su sencillez, corren el riesgo de pasar desapercibidos. Y, sin embargo, son esos actos los que sostienen los mejores valores de una sociedad.

La solidaridad es como una vasija que se llena con pequeños gestos. Es, de hecho, una suma de muchas voluntades que pueden transformar una cuestión tan sustancial como la defensa de la dignidad humana en un consenso colectivo. No es una idea abstracta, la solidaridad se ejerce y toma forma en decisiones concretas.

España es percibida, con razón, como un país solidario. Lo ha demostrado en múltiples ocasiones, cuando las circunstancias han exigido respuestas colectivas. No obstante, la situación de la población refugiada de Palestina no es precisamente una emergencia pasajera ni una crisis sobrevenida. Es una realidad prolongada durante décadas, una historia de despojo, pérdida y desplazamiento que hoy sigue teniendo en Gaza uno de sus capítulos más devastadores. Por eso, la histórica solidaridad de la ciudadanía española con el pueblo palestino, encarnada en gestos como el de Carmen, no es un acto contingente, sino que forma parte de lo que nos define como sociedad.

Personas como Carmen García García, entre otras anónimas, han contribuido a hilvanar uno de los rasgos más característicos de una sociedad que se siente profundamente orgullosa de ser solidaria.

En su despedida, Carmen eligió convertir el duelo en compromiso y el recuerdo en solidaridad con otros, y con esta decisión, esta vecina de Ribeira ha transformado un acto tan íntimo y sagrado en una acción que la proyecta hacia quienes siguen necesitando de estos pequeños grandes gestos. Desde UNRWA España nos sentimos profundamente orgullosas de poder canalizar esa voluntad y de acompañar a quienes, como ella, dotan de sentido su partida con un legado que perdurará en el tiempo a través de la mejora de la vida de otras personas.