Si Goya viviese podría pintar Duelo a garrotazos con la misma vigencia que hace dos siglos. Si aquel combate fratricida entre dos compatriotas rabiosos sin causa sigue vigente, algo falla en la vida política de este país. Y es que hay vividores de la política, que no políticos auténticos, interesados en que continúen existiendo las dos Españas.
Si uno se para en la sala del Museo del Prado donde cuelga el cuadro acaba viendo a los actuales voceros partidistas, creyéndose protagonistas de momentos históricos, cuando sus sobreactuaciones carecen de toda épica y sus discursos iracundos, sin posibilidades de aproximación, llevan a la destrucción mutua, no a la construcción de país. Da igual que discutan sobre una ola de incendios o una ola migratoria, una prioridad nacional o internacional, ya que los asuntos no son relevantes para ellos; lo relevante es la defensa de los suyos, porque garantiza la conservación de lo suyo.
Cuando el maestro pintó en la Quinta del Sordo a aquellos dos brutos, el contexto histórico coincidía con un ciclo de restauración del absolutismo, como ahora. En la actualidad, tal vez Goya pintaría a Abascal cual Saturno, comiéndose a sus hijos, y a Ayuso en La romería de San Isidro. Entonces, los enfrentamientos se daban entre absolutistas y liberales. Hoy, los liberales ya no son lo que eran. De hecho, los que se las dan de liberales son neoliberales, más nacionalistas que los nacionalistas y, más que nada, antiprogresistas. Se unen a los conservadores, en un frente común contra los socialistas, que tampoco son lo que eran. Los socialistas eran los progresistas del siglo pasado, pero, primero, renegaron del marxismo y, luego, se fueron distanciando del obrerismo, para parecerse y sumarse, ya con el milenio, al nuevo progresismo, apuntándose a modas que hacen derivar el feminismo al hembrismo o el ecologismo al animalismo.
Goya rompió los cánones clásicos con pinceladas expresionistas, antes de que se inventase el expresionismo. Pintó a los protagonistas a garrotazo limpio para evidenciar el mal de la agresión permanente. Pasados 200 años, en el aire sigue flotando la violencia, incluida la verbal, pero algo ha cambiado: la sociedad española, que no se merece estos continuos duelos a garrotazos.