Al docente que siempre le falta un título

Cartas al director
Cartas al director CARTAS AL DIRECTOR

OPINIÓN

Vista de una clase en la que un profesor y sus alumnos aplican el programa educativo
Vista de una clase en la que un profesor y sus alumnos aplican el programa educativo Maria Aguilella Pardo | EFE

Los contratos de profesor

Hace año y medio descubrí que buscar trabajo como profesor en Galicia, especialmente en la enseñanza privada y concertada, exige bastante más que vocación y preparación. Muchas vacantes ni siquiera se publican. Circulan entre contactos, recomendaciones y personas próximas al centro. Mientras unos compiten con su currículo, otros parecen conocer el resultado antes de que empiece el proceso.

Las ofertas públicas tampoco se quedan cortas: «Docentes de infantil con primaria, varias menciones y un C2 de inglés»; profesores de educación física capaces de impartir también materias bilingües y organizar actividades extraescolares; especialistas de secundaria con máster, idiomas, competencia digital y disponibilidad para completar unas pocas horas en distintas etapas.

Todo ello para contratos temporales, jornadas parciales o sustituciones que terminan oportunamente en junio. El profesional sostiene el aula durante el curso, pero desaparece de la plantilla cuando llegan las vacaciones.

El alumnado también paga las consecuencias: cambios constantes de profesor, falta de continuidad, docentes sobrecargados y profesionales impartiendo materias alejadas de su verdadera especialidad para completar horarios. ¿Cuántas titulaciones necesita un docente para acceder a un contrato digno?

El mercado exige cada vez más grados, menciones, másteres, idiomas y certificados. Las universidades privadas conocen bien esa necesidad y convierten cada carencia profesional en una nueva matrícula.

Quizá el problema no sea que los profesores estén poco preparados. Quizá el negocio consista en convencerlos de que nunca están suficientemente preparados. A.A.

 

 Recuperar la normalidad

Recuperar la normalidad con una morgue con 90 cadáveres es una vergüenza sin precedentes. Que el Gobierno diga que en Ceuta se ha recuperado la normalidad con 90 muertos en una morgue, muchos sin identificar, acredita la bajeza moral del Gobierno. Y prueba que los recientes aplausos al discurso del papa ante las Cortes generales de España fueron una farsa, otra más de una legislatura de la infamia que será muy difícil de borrar de la Historia de España.

Por supuesto, el presidente del Gobierno, que todavía no ha celebrado el funeral que prometió por el accidente de Adamuz, no tendrá ningún recuerdo para los 90 muertos en la morgue de Ceuta. Ahí sigue, en sus suntuosas vacaciones, promocionando música y sin declarar luto nacional. Que Dios nos perdone a todos. Oremos por las víctimas. José Luis Gardón.