Ceuta: ¿frontera avanzada?

Luis Velasco PROFESOR EN LA FACULTAD DE RELACIONES INTERNACIONALES DE LA UNIVERSIDADE DE VIGO

OPINIÓN

María Pedreda

Cerca de sesenta mil personas cruzaron irregularmente desde Marruecos a Ceuta en apenas dos días. Las autoridades han tenido que improvisar morgues para cerca del centenar de fallecidos de los que se tiene constancia por el momento. Las cifras pueden seguir ajustándose, pero ya describen una tragedia humana y, al mismo tiempo, un grave problema político, diplomático y de seguridad.

Quienes se ahogaron o quedaron atrapados en la avalancha no eran una abstracción estadística, tampoco una fuerza militar. Eran personas que se expusieron al peligro, movidas por la pobreza, la falta de expectativas, los rumores, una posible operación híbrida o la simple convicción de que se había abierto una oportunidad excepcional. Tildar como invasión a lo sucedido puede resultar descriptivo de la evidente sensación de abandono que están sufriendo los ceutíes, pero confunde una multitud desorganizada con un ejército y convierte a parte de las víctimas en enemigos. El recuerdo de otras ocasiones en las que Marruecos usó a su propia población como herramienta refuerza la lógica de la expresión: 2021 y 1975.

Reconocer la dimensión humana de la situación no obliga a la ingenuidad. Marruecos posee fronteras extensas y difíciles de controlar, pero lo logra. La de Argelia está cerrada desde 1994, aunque tiene brechas puntuales. Al sur, el espacio desértico del Sáhara Occidental y las rutas próximas a Mauritania permiten movimientos informales pese a la vigilancia y la militarización. El muro térreo que separa las zonas controladas por Marruecos de las del Frente Polisario tampoco es una frontera totalmente hermética. Gracias a ingentes cantidades de recursos Marruecos logra un control sobre el territorio que podríamos calificar como sobresaliente. Recursos, por supuesto, que no se destinan a la mejora de las condiciones materiales de los marroquíes.

El Tarajal no se encuentra en medio de un desierto inabarcable. Está próximo a localidades, carreteras, controles policiales y redes de vigilancia. Marruecos dista de ser un Estado fallido y el control del territorio por parte de las autoridades es total. Una multitud de decenas de miles de personas no puede aparecer repentinamente junto a una frontera bien vigilada. Antes debe desplazarse, reunirse, organizarse y atravesar espacios controlados.

Hoy no existen pruebas suficientes para afirmar que nadie organizase deliberadamente la crisis. España y Marruecos deben aclarar por qué fallaron —o actuaron con una intensidad manifiestamente insuficiente— los mecanismos preventivos que habitualmente impiden que concentraciones de esta dimensión alcancen el perímetro fronterizo. La información disponible tampoco permite dar por sentadas algunas de las teorías difundidas durante las primeras horas. Tampoco deberíamos descartar por completo escenarios alternativos: desde la actuación de terceros, pasando por un descontrol de la corrupción endémica de la Administración marroquí, hasta acciones improvisadas de una parte del majzén que nos hablarían de una situación interna alejada de la aparente estabilidad.

Existe una contradicción difícil de ignorar: Marruecos fue capaz de colaborar eficazmente para revertir la crisis una vez producida. Aún así, ¿podría tratarse de un mecanismo de presión? No es descartable, como tampoco lo es que la situación interna sea más comprometida de lo que aparenta.

Por su parte, la vulnerabilidad española ha vuelto a quedar en evidencia. Cuando la protección efectiva de una frontera exterior de la UE depende de la voluntad cotidiana de un tercer Estado, la colaboración puede transformarse en dependencia y la dependencia, llegado el caso, en subordinación. España no debe limitar su respuesta a reclamar más vigilancia al vecino. La saturación de los recursos de acogida, la atención a los menores y la improvisación ante una emergencia previsible revelan debilidades estructurales. Las ciudades autónomas no deben afrontar en solitario episodios que afectan a las fronteras exteriores de la Unión Europea y a la soberanía nacional.

El Gobierno de la nación tampoco puede permitirse actuar en solitario en materia migratoria. España no puede prescindir de Marruecos. Los dos países comparten intereses de diversa índole, algunos estratégicos; también rivalidades. Preservar la apariencia de normalidad no puede convertirse en un fin en sí mismo. Deben establecerse mecanismos transparentes, previsibles y sujetos a responsabilidades compartidas, de modo que el control fronterizo no quede al albur de la discrecionalidad. España debe prepararse ante la eventualidad de la deslealtad.

Hace años se popularizó el concepto de frontera avanzada, entonces la preocupación residía en el Sahel y en redes vinculadas al extremismo, el tráfico de armas y drogas, también al tráfico de seres humanos. Entonces Marruecos era visto como un factor de estabilidad. La frontera española no comienza en la sombra de la valla ni en la de una pareja de la Guardia Civil. Comienza en las rutas, los transportes, las concentraciones y los controles del lado marroquí.

Los muertos obligan a mirar el drama humano. La vulneración de la soberanía obliga a examinar el fallo político. Es compatible defender la dignidad de quienes migran y exigir explicaciones a los Estados que administran la frontera. En el caso de España, toca exigirle firmeza en la defensa de su propia soberanía, será la única forma de intentar parar un proceso de desprestigio exterior en el que esta situación solo es un hito más. A Marruecos toca exigirle que ejerza su soberanía dentro de sus fronteras, su estabilidad interna no puede pagarse a costa de sus vecinos.