Finalizada la pesadilla de los exámenes de la PAU en sus dos convocatorias, los miles de estudiantes que superaron esta prueba en Galicia se enfrentan a uno de los grandes cambios de su vida. Rematar los estudios de Bachillerato e iniciar la etapa universitaria o de FP supone el comienzo de su camino como jóvenes adultos, con mucha menos protección de sus padres y grandes incógnitas pero, también, enormes ilusiones para su futuro. Muchos habrán logrado el acceso a la carrera de sus sueños, otros con vocación pero nota insuficiente, quizás se hayan inscrito en otra opción, con el objetivo de cursar uno o dos años y después solicitar la entrada en la que realmente querían. Los habrá que, sin tener nada claro su futuro, comenzarán estudios en alguna opción no muy interesante y otros que todavía aguardan a que el 35 % de las carreras que todavía no han cubierto el cupo les comuniquen su aceptación o rechazo.
Este duro proceso de selección no es exclusivo de nuestro país. En lugares tan alejados como China, los exámenes del Gaocao, que suelen tener lugar la primera semana del mes de junio, o en Corea del Sur, donde las pruebas de capacidad académica universitaria o Suneung se celebran en el mes de noviembre, paralizan gran parte de la actividad de sus países debido a las extremas medidas de seguridad que rigen sus protocolos.
La preparación para estos exámenes es una etapa extremadamente exigente para los jóvenes y muy estresante para sus familiares pero, salvo casos puntuales, suelen transcurrir sin mayores incidentes.
Menos suerte han tenido los jóvenes iraníes cuyas pruebas de acceso han sido oficialmente suspendidas sine die por no poder garantizar su integridad como consecuencia de los bombardeos norteamericanos. No es difícil ponerse en el lugar de estos estudiantes y entender la frustración e incertidumbre de quienes llevan preparándose años para estos exámenes.
Tampoco los jóvenes ucranianos ni los libaneses lo han tenido ni lo tienen fácil. Las guerras no solamente acaban con vidas inocentes y destruyen países física y moralmente, también traumatizan a quienes con el futuro por delante no saben siquiera si este les llegará. Víctimas colaterales de las que no se habla pero que, sin duda, marcarán generaciones como lo hicieron con la de nuestros abuelos y padres.