Alemania tiene una historia más dramática que España. Mató más y murió más en el XIX y el XX. La mayor diferencia bélica es que Alemania organizó mejor sus matanzas y se centraron mayormente en los foráneos. España se especializó mucho, pero que mucho más, en los cadáveres domésticos, véanse desde las guerras carlistas hasta la penúltima Guerra Civil, la de 1936.
El núcleo político diferencial entre germanos e hispanos radica en hablar claro. Las consecuencias y diferencias saltan a la vista. El enésimo ejemplo lo vemos en las grandes coaliciones alemanas de este siglo y los caóticos ajuntamientos partidarios de por aquí. A las pruebas me remito.
Allí se coaligan la CDU&CSU con el SPD desde 1966 formando la Groko o gran coalición, que repitieron hasta hoy con Merz. El primer canciller de la Groko se apellidaba Kiesinger, y a diferencia del mítico padre fundador de la UE, Konrad Adenauer, se había afiliado al partido nazi en 1933 y fue internado desde el hundimiento de 1945 unos 18 meses en un campo de prisioneros.
Esto es posible en Alemania porque se habla claro entre los partidos de Estado y de la UE para ceder mutuamente y actuar en consecuencia.
Cualquier parecido con España es ficción y no puedo explicar por qué, salvo por la historia y la ausencia de prosperidad industrial durante las dos últimas centurias, consecuencia de una pésima educación científica.
¿Cómo se entiende pactar la jubilación alemana a los 70 años en... 2092? ¿Cómo se entiende presentar un certificado médico oficial desde el primer día de la baja? ¿Cómo se entiende subir el IRPF a los más ricos y subir la ayuda para la crianza de los hijos? En España parece inconcebible, como el hecho de chulear estando en el pelotón de cola de renta. Hasta Polonia nos ha adelantado. Hasta Irlanda nos ha desbordado siendo tan pobres como nosotros antes de ingresar en la CEE y padecido la mayor muerte por hambruna de Europa occidental a mediados del XIX, así como la mayor emigración relativa bajo el dominio británico y los primeros 50 años de su República.
Vienen malos tiempos. Hemos mamado 40 años de la ubre de Bruselas para invertir en escaparates de paletos: los más rutilantes y numerosos aeropuertos, más kilómetros de alta velocidad y fardando de ello hasta con los chinos… Pero nada patentamos, ni la vacuna contra el covid-19, ni nada relevante a nivel europeo o mundial. Este es el resultado de nunca hablar claro ni de actuar en consecuencia.
Por todo lo explicado necesitamos de manera urgente cambiar, por nuestros hijos y por nuestros nietos. Nuestros hijos, aunque seamos infértiles. Cambiar de cultura política también.