Hay una carga de profundidad ideológica en la anunciada ley del concebido no nacido anticipada por Ayuso y prometida por Feijoo, un giro reaccionario con vocación de crear poso que ya es marca de los tiempos. Es esa que coloca el foco en el embrión en lugar de situarlo en la embarazada, y que en la práctica aplica un retroceso de décadas a nuestros derechos, señoras, sean ustedes maduras sin ya opción de procrear o verdes con ocasión de planteárselo. El lastre de culpabilidad que la propuesta descarga en cada mujer fértil a los cinco minutos del coito es de una dimensión histórica que se volverá contra sus promotores, como quizá recuerde Gallardón.
Pero miro ahora hacia el comentario de Miguel Ángel Rodríguez —«según termina de fecundar, antes de ducharse, lo que tiene la mujer en su vientre es una persona con derechos»— para concluir que arbitrar semejante estropicio dialéctico y conceptual es una facultad reservada a unos cuantos elegidos.
Se puede proyectar la imagen con facilidad: MAR ante el móvil, la punta de la lengua en la comisura superior, los ojos como una rendija, la mente en el precipicio y la vocación de aplicar un «se van a cagar» que le encaja tan bien al personaje. Es fácil imaginarlo trasegando un pensamiento: «Ya verás como entran todos al trapo».
Y sí, aquí estamos con los cuernos bien metidos en el paño, pero no por la barbaridad esencial y hasta científica del comentario, sino por la asombrosa capacidad que algunos tienen para convertir la zafiedad en una ciencia, incluso cuando le aclaran a las señoras qué es lo que llevan en la barriga sesenta segundos después de arrimarse a un señor, que menos mal que nos lo aclara. Esa ducha, Miguel Ángel Rodríguez, esa ducha con tanta urgencia. Hay ahí un relato y no es de amor.