Un nieto de españoles puede votar, un marino español, no

OPINIÓN

Recuento del voto emigrante
Recuento del voto emigrante CESAR QUIAN

Sistema electoral español: un marino español puede quedarse sin votar simplemente por estar trabajando embarcado el día de las elecciones. No por desinterés, no por dejadez, no por falta de voluntad. Simplemente por estar cumpliendo con su trabajo en la mar.

La paradoja resulta todavía más sangrante si se compara con la realidad tecnológica y administrativa de 2026. Hoy un barco puede navegar en mitad del océano y seguir conectado. Desde a bordo se pueden hacer compras por internet, pagar multas de tráfico, presentar escritos en una sede electrónica, firmar con certificado digital, gestionar documentación personal o profesional y realizar trámites con plena validez legal. Es decir: el Estado español sí reconoce que un ciudadano puede identificarse, firmar, pagar, declarar y relacionarse con la Administración desde cualquier punto del planeta. Pero, a la hora de votar, ese mismo ciudadano deja de existir.

Porque esa es la realidad. Para un marino, votar no depende de su condición de ciudadano, sino de la suerte. De si la convocatoria electoral coincide con un periodo en tierra. De si antes de embarcar ya estaba abierto el plazo del voto por correo. De si ha tenido tiempo material para solicitarlo. De si la burocracia encaja con su contrato, con su ruta y con su fecha de embarque. Es decir, el derecho al voto de un marino español no está garantizado: está supeditado al calendario y a la casualidad.

Lo que falta no es tecnología. Lo que falta es voluntad política.

La comparación con el voto exterior hace todavía más evidente el sinsentido. A principios de los años 2000 coincidí en un barco con un argentino bisnieto de gallegos, sin vida en España, sin trabajo en España, sin impuestos en España y sin un vínculo real con el país más allá de su ascendencia familiar. Y, sin embargo, él sí había votado. No porque hubiera hecho una gestión compleja, no porque hubiera superado un procedimiento especialmente garantista, sino porque una prima se encargaba de llevar al consulado los votos de la familia. Después se reformó ese sistema, creo que después del 2007, porque aparecieron graves dudas sobre su fiabilidad y porque nadie puede defender con seriedad un modelo en el que acaban votando hasta los muertos. Pero incluso corrigiendo aquellos abusos, la pregunta sigue en pie: ¿cómo puede ser que el Estado haya articulado mecanismos para facilitar el voto exterior de personas que en muchos casos apenas mantienen relación efectiva con España, no pagan impuestos en España, y al mismo tiempo siga sin garantizar el voto de un marino español que vive aquí, trabaja aquí, paga aquí y tiene aquí a su familia?

 Si el Estado confía en la identidad digital de un ciudadano para cobrarle, sancionarlo, notificarle, exigirle documentación o permitirle presentar escritos desde mitad del océano, también debe confiar en esa misma capacidad para permitirle votar. Y si no quiere implantar un sistema de voto telemático general, al menos debería crear un procedimiento específico, eficaz y garantista para los marinos embarcados, de forma que su derecho no dependa de la fortuna ni del calendario.

 MIGUEL A. LOMBA (BOIRO)

Menos redes y más realidad

Eso de que nadie es imprescindible no coincide con la verdad. Quien lo dude que pregunte en determinados ámbitos laborales. Todo el mundo conoce o ha conocido a personas que por sí mismas, sin más adornos que su honradez y un cumplimiento escrupuloso y responsable de su deber, dejaron un gran vacío. Será muy difícil igualar su labor, porque dejan el listón muy alto para este momento. Son tiempos estos de tabla rasa y de encefalograma plano, con perdón. Pero también de relevo forzoso. Cada año vemos cómo se van personas excepcionales. Ha de pasar tiempo antes de que tengan una sustitución cuyo nivel se acerque al que dejaron sus predecesores, porque no todo es cuestión de hablar idiomas y dominar las redes. Es necesario un compromiso. Necesitamos profesionales honrados, al menos que lo intenten, que respeten a los demás, con un mínimo de ética. Un plan renove integral, para no perder la fe en el ser humano. Empezando por nuestros políticos.

M. J. Vilasuso (As Pontes)

 

El fútbol sigue siendo del pueblo

Hay derrotas que valen más que muchas victorias. La selección de Cabo Verde cayó por 3-2 ante la vigente campeona del mundo, pero salió del campo con algo que no siempre concede el marcador: el respeto de millones de personas que aman el fútbol como un deporte y no como una simple industria.

Mis respetos para Cabo Verde. También para el Congo, Costa de Marfil, Ghana, Irán y para todas esas selecciones que, con muchos menos recursos, recuerdan al mundo que el fútbol nació en los barrios, en las calles de tierra, en las plazas y en los descampados, no en las oficinas de los fondos de inversión ni en los consejos de administración de las multinacionales.

Argentina ganó, sí. Pero no fue superior durante buena parte del encuentro a un grupo de trabajadores del fútbol que compitieron de tú a tú, sin complejos y sin rendirse jamás. Cabo Verde se despide sin haber perdido un solo partido en el tiempo reglamentario de este Mundial. Eso dice mucho de un equipo que ha convertido el esfuerzo colectivo en su mayor virtud.

Marcelo Bielsa lo resumió con una reflexión que merece ser escuchada: el fútbol era popular porque pertenecía a los pobres, porque bastaba una pelota para ser feliz. Cuando el negocio descubrió el inmenso dinero que podía generar esa pasión popular, comenzaron a apropiarse de ella quienes nunca habían construido ese deporte desde abajo.

Hoy vemos cómo los grandes clubes y las grandes ligas convierten a adolescentes de 16 o 17 años en activos financieros. Se compran y se venden promesas antes incluso de que hayan terminado de crecer. Se arranca el talento de sus barrios, de sus pueblos y de sus países para alimentar un mercado que mueve miles de millones mientras las comunidades que los vieron nacer apenas disfrutan de ellos unos meses.

Eduardo Galeano también comprendió esa contradicción. Nunca aceptó la idea de que el fútbol fuera el opio del pueblo. Al contrario. Para él era una de las mayores fiestas populares de la humanidad, un lenguaje universal capaz de unir culturas, pueblos y generaciones enteras. El problema nunca fue que el pueblo amara el fútbol; el problema fue convertir esa pasión colectiva en una mercancía.

Porque cuando rueda la pelota todavía ocurre algo extraordinario. Durante noventa minutos desaparecen muchas fronteras sociales. El obrero, la estudiante, el desempleado, el jubilado o el inmigrante sienten la misma emoción. El gol sigue teniendo la capacidad de abrazar a quienes el sistema económico intenta dividir todos los días.

Por eso emociona tanto ver competir a selecciones como Cabo Verde. Porque representan algo mucho más grande que un resultado. Representan la dignidad de quienes saben que parten con menos medios, menos presupuesto y menos estrellas, pero nunca con menos orgullo. Son la demostración de que el trabajo colectivo puede desafiar al dinero y que el corazón todavía puede plantar cara al mercado.

El capitalismo intenta convertirlo todo en mercancía. También el fútbol. Intenta que olvidemos que antes de los contratos multimillonarios existían niños jugando descalzos, porterías hechas con piedras y balones remendados una y otra vez. Intenta convencernos de que el espectáculo pertenece a quienes lo financian y no a quienes lo sienten.

Pero cada vez que una selección humilde mira de frente a una potencia mundial, cada vez que un equipo sin grandes nombres hace temblar a los gigantes, el pueblo recupera un pedazo de ese deporte que nunca debió dejar de pertenecerle.

Porque el fútbol nació siendo del pueblo. Y, por mucho dinero que muevan las élites económicas, seguirá siendo del pueblo mientras haya un niño pateando una pelota en cualquier rincón del mundo soñando con hacer posible lo imposible.

Cabo Verde no solo ha competido. Ha recordado que la épica sigue viva. Y mientras exista esa épica, el fútbol conservará una parte de su alma.

 ANDRÉ ABELEDO FERNÁNDEZ