Una economía en dos direcciones: unos despegan y otros se estancan

José Carlos Yáñez López PROFESOR TTITULAR DE ECONOMÍA FINANCIERA Y CONTABILIDAD DE LA UNIVERSIDAD DE VIGO

OPINIÓN

Panel con los datos del Ibex 35 en la bolsa de Madrid.
Panel con los datos del Ibex 35 en la bolsa de Madrid. Vega Alonso | EFE

Es frecuente que los medios de comunicación destaquen noticias que hacen referencia al fuerte crecimiento de la economía española, a los máximos alcanzados en los mercados de valores, al crecimiento de la población activa o a los aumentos del salario mínimo.

Sin embargo, ante noticias como estas, son muchos los ciudadanos desconcertados porque su situación financiera personal no se corresponde con esa supuesta bonanza y viven con un elevado nivel de inseguridad económica.

Esta confusión nace del hecho de que es cierto que la economía española progresa, pero lo hace de forma desigual entre ramas productivas y trabajadores. En la práctica, es una economía que se abre en dos direcciones: mientras algunos sectores y rentas despegan, otros se estancan o retroceden.

De una forma descriptiva, significa que las mejoras asociadas al crecimiento no se comparten de una manera uniforme. La clave no es solo cuánto crece la economía, sino quién se apropia de ese crecimiento. Lo que sería deseable es que todos los grupos sociales participasen, en cierto grado, del bienestar, las oportunidades o la vida colectiva.

Ocurre, sin embargo, que mientras algunos sectores y hogares prosperan, otros se encuentran con muchas dificultades debido a los bajos ingresos, a no poseer ahorros que le sirvan de colchón financiero y a no poder hacer frente a los nuevos retos que se plantean, por ejemplo, en el ámbito de la vivienda.

Según la EPA (Encuesta de Población Activa), tres de cada cuatro trabajadores están empleados en el sector servicios (76 %), mientras que la industria concentra el 13 %, la construcción el 7 % y la agricultura el 4 %.

Las dinámicas del mercado laboral no se explican tanto por las diferencias entre sectores como por lo que ocurre dentro de ellos. En los servicios, la construcción y la agricultura existen realidades laborales muy dispares. Ahora bien, en una parte significativa de estos ámbitos se repiten rasgos como la temporalidad, la rotación y cierta inestabilidad en el empleo. La globalización y los cambios tecnológicos han tenido un gran impacto. Los trabajadores tecnológicamente competentes, con perfiles técnicos y empleos estables, progresan considerablemente. Su alta cualificación y su capital humano es escaso y demandado, lo que les otorga capacidad de negociación salarial.

Por el contrario, buena parte de los trabajadores (entre un 35 % y un 45 %) se concentran en actividades ligadas al comercio, la hostelería, los cuidados o la logística básica: un amplio bloque de empleo intensivo en mano de obra y, en promedio, de bajo valor añadido, con salarios bajos, alta rotación y mayor precariedad.

Si, además, se incorpora el peso de sector construcción, se entiende mejor el ensanchamiento de la brecha salarial creciente de estos empleados respecto a aquellos, los más cualificados, que ocupan posiciones más ventajosas.

La desigualdad económica viene dada, también, por la diferencia entre lo que produce el trabajo y lo que recibe el trabajador. Desde mediados de los años noventa, la productividad española ha aumentado un 19 %, (BBVA Research), mientras que los salarios reales apenas han crecido un 2,7 %, según la OCDE.

Las consecuencias son visibles: una clase media cada vez más frágil y jóvenes que encadenan empleos temporales, con sueldos bajos y precios al alza. La sensación de que el esfuerzo no se recompensa adecuadamente genera, en esa población, un fuerte descontento. Las diferencias no se expresan solo en una estadística anual de las percepciones de la renta, sino que reflejan un relato de la desigualdad de trayectorias vitales. Cuando se accede al empleo estable, se puede formar un hogar, ahorrar, tener hijos o planificar el futuro. En una economía desigual, con una brecha económica creciente, cristaliza una profunda fractura: la de una sociedad donde unos acumulan ventajas con el paso del tiempo, mientras otros acumulan retrasos, incertidumbre y vulnerabilidad.