Y cuando despertó, Puigdemont seguía ahí. No se hablaba tanto en los últimos tiempos del fugado de la Justicia española, pero ayer salió su nombre a la palestra a cuenta del runrún que existe sobre la opción de una moción de censura impulsada por el PP y apoyada por Vox, que tendría, o bien en el PNV, o bien en Junts, las patas necesarias para llegar a buen destino.
Los independentistas catalanes, por medio de Jordi Turull, han retado al Feijoo a ir a Waterloo a negociar con el expresidente y líder de su partido, Carles Puigdemont, si tiene una oferta «seria» para lanzar una moción de censura. Hay que recordar que Núñez Feijoo planteó el lunes que PNV y Junts apoyen una moción instrumental a cambio de una convocatoria electoral. La respuesta de Junts no se ha hecho esperar, en lo que no deja de ser un chiste a la catalana. Resulta obvio que Feijoo, por muchas ganas que tenga de entrar en la Moncloa, no puede rebajarse a visitar a un Puigdemont, que ya se ha reído bastante de los españoles y ha chuleado lo que ha querido al Gobierno de Pedro Sánchez.
En cualquier caso, esa broma ha servido para volver a poner sobre la mesa una anomalía que ha desgastado al PSOE más incluso que la corrupción que ahora mismo lo descompone. Desde su escondite de Waterloo, adonde escapó el 30 de octubre del 2017, el que fue presidente de la Generalitat ha llegado a mover los hilos de la política española a su antojo. Sus siete votos en el parlamento español han sido explotados hasta la saciedad. Solo un presidente con las espaldas de Pedro Sánchez, y con su apego por el poder, pudo permitirse con una sonrisa en la boca una humillación tras otra. Desde imponer un mediador internacional en las negociaciones, hasta lograr una amnistía y cambios en el Código Penal. Por no hablar del sinfín de concesiones de índole económico que obtuvieron cada vez que el PSOE necesitó sus votos en el Congreso.
Hace nada muchos se preguntaban como es posible que Andalucía pasara en poco tiempo de ser el granero principal de votos para los socialistas a que el PP de Moreno Bonilla sea el partido hegemónico. Sin duda esto ha sido posible por la cascada de capitulaciones que Sánchez ha sufrido ante Junts y ante Esquerra Republicana. Ahora, envueltos como estamos entre la presunta corrupción de Zapatero, los devaneos delictivos-sexuales de Abalos y Koldo y los tejemanejes de Santos Cerdán, amén de las más discutibles causas del hermano y la esposa del presidente del Gobierno, nos hemos olvidado de que Pedro Sánchez ha actuado como un vendepatrias, que poco a poco ha ido echando de Cataluña a España, al tiempo que ha generado un flujo inagotable de dinero desde el Estado español hacia la comunidad catalana.
La puesta en escena de ayer del nombre de Puigdemont nos hace recordar que la corrupción delictiva es un drama, pero que antes fue la corrupción política, por la cual un Gobierno rompió, por pura conveniencia partidista, la igualdad y la solidaridad entre españoles, tratando, además, como a un campeón a quien no deja de ser un fugado de la Justicia, al que España (ya lo dijo) le importa más bien poco.