Mientras nuestros políticos llenan discursos hablando de dignidad, dependencia y cuidados, la realidad es que faltan decenas de miles de plazas en residencias para mayores y las listas de espera siguen creciendo año tras año. Faltan plazas públicas y las privadas se han convertido en un lujo imposible. El precio medio de una residencia privada ronda ya los 2.400 o incluso 2.800 euros mensuales, al tiempo que muchos jubilados sobreviven con pensiones que apenas alcanzan o incluso no llegan al salario mínimo. ¿De verdad alguien cree que un pensionista que cobra 1.000 o 1.200 euros puede pagar una residencia digna?
Muchos mayores trabajaron toda una vida. Levantaron este país cuando no había derechos, ni ayudas, ni comodidades. Cotizaron durante décadas creyendo que, llegado el momento, tendrían protección y tranquilidad. Hoy demasiados se encuentran atrapados entre la soledad, la dependencia y unos precios imposibles. La consecuencia es devastadora: familias arruinadas, hijos endeudados, personas mayores sin atención. Una sociedad se define por cómo trata a quienes ya lo dieron todo. España, en este asunto, está suspendiendo. No se puede presumir de humanidad cuando envejecer depende del dinero que uno tenga en la cuenta bancaria. Las residencias no deberían ser un negocio inaccesible, deberían ser un derecho garantizado. Y quizá lo más triste no sea solo la falta de plazas o sea el precio abusivo. Lo más triste es la indiferencia. Porque todos miran hacia otro lado… hasta que el anciano es su padre, su madre… o ellos mismos. Juan José Lojo Fandiño A CORUÑA
La democracia necesita ejemplaridad
España lleva demasiados años asistiendo a un espectáculo político que erosiona la confianza en las instituciones. Gobiernos de distinto color han pasado por el poder prometiendo regeneración, transparencia y ejemplaridad, pero la realidad es que tanto el PP como el PSOE arrastran una larga lista de escándalos que han marcado nuestra historia reciente. Los casos Gürtel, Bárcenas, Púnica o Kitchen por parte del PP, y los ERE de Andalucía, Filesa, Tito Berni o diferentes tramas clientelares vinculadas al PSOE forman parte de una interminable hemeroteca. Cambian los nombres, pero la sensación de impunidad y de deterioro institucional permanece. Lo más preocupante no es la existencia de corrupción, sino su normalización.
Hemos llegado a un punto en el que la ciudadanía escucha noticias sobre comisiones ilegales, colocaciones a dedo o financiación irregular con cansancio y escepticismo. Mientras tanto, los problemas reales de los ciudadanos siguen ahí: el acceso a la vivienda, la precariedad laboral, el deterioro de los servicios públicos o las dificultades de los jóvenes para construir un futuro digno. La democracia necesita ejemplaridad, no trincheras. Necesita dirigentes capaces de asumir responsabilidades políticas inmediatas y una justicia ágil que actúe con independencia. Porque cuando la corrupción se convierte en costumbre, lo que se deteriora no es solo la imagen de un partido, sino la confianza en todo el sistema democrático. Muchos ciudadanos ya no esperan milagros. Solo esperan honestidad. Francisco Javier Pérez Gómez. A CORUÑA.
Criticar en otros tu propio fanatismo
Sea por la razón que sea, a este que escribe no le palpita la fe. Entendiendo por fe esa devoción que cualquiera puede tener por una divinidad. Por un ser superior. Por un dios. Por ese algo o alguien en el que crees y al que te agarras. A mí no me pertenece ese tipo de creencia. Nunca he sentido la llamada de dios ni dios parece tener puesto algún tipo de atención en mí. Y esto viene a propósito de algunas imágenes que llegan de ciertas devociones encendidas. De saltos de rejas, de procesiones o de caminos que llevan a donde uno se deje llevar. Celebraciones muchas cargadas de excesos. De fervor. Celebraciones que no se distinguen en nada de otras creencias de otros países. Ahora bien, esas otras manifestaciones de fe las criticamos y pretendemos mantener la distancia porque interpretamos en ellas un cierto fanatismo. Un mismo fanatismo que en este occidente culto y avanzado reinterpretamos para adaptarlo a nuestras ominosas conveniencias. Mannuel I. Manín. O Carballiño.
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