Bajo el titular «La exploración física (por parte del médico) pierde protagonismo», se comentaban certeramente en La Voz de Galicia varias causas que intentan explicar el porqué de que las siempre importantes habilidades clínicas se hayan perdido por parte del médico. Es relevante no olvidar que existe una disciplina médica, quizá olvidada —propedéutica clínica—, cuyo objetivo es enseñar un conjunto ordenado de métodos y procedimientos (interrogatorio y examen físico) para observar síntomas y signos que permiten al clínico interpretar toda la información sonsacada al paciente, formular un juicio clínico y establecer un diagnóstico. Sin duda alguna, es esencial para una correcta historia clínica con la que el facultativo, correlacionando todos los datos y aplicando sus conocimientos, podrá llegar a un diagnóstico.
Todo este proceso es fundamental, pero lleva su tiempo. La limitación temporal es sin duda un factor importante, pero no el único, que explica esa pérdida de las habilidades. La buena exploración y una correcta historia clínica no solo facilitarán el diagnóstico, sino que son claves en la gestión clínica posterior, al limitar las derivaciones innecesarias del paciente a otras especialidades médicas o procesos diagnósticos. El médico de familia, sin el tiempo necesario, se convierte en un distribuidor de pacientes hacia otras especialidades, acotándose su campo de actuación. Se aleja del médico sanador para convertirse en el médico funcionario. Costoso para la Administración, frustrante para el médico y penoso para el paciente a la espera de una cita. Está claro que limitar este primer contacto con el paciente va a alargar y encarecer el gasto, y lo peor: es una de las causas de listas de espera pendientes de un diagnóstico. Es como la pescadilla que muerde la cola, menos tiempo para el médico de familia y más para el hospital y las especialidades hospitalarias. Aquí está el problema, el circuito fatídico: detrimento de la medicina familiar, más tiempo para especialidades médicas hospitalarias, creación de listas de espera en otra especialidad, nuevos contratos con la medicina privada. ¿Falla la gestión pública o es un problema político?
Pero limitar el tiempo por paciente, gran error, acentúa las barreras entre el médico y el usuario, que, no podemos olvidar, es una persona que padece una enfermedad. Es sabido que un gran porcentaje de pacientes son enfermos imaginarios que una buena observación de su personalidad, fundamental en medicina, resolvería su consulta. Pero hace falta tiempo para observar y educación sanitaria de los pacientes.
La búsqueda del diagnóstico, clave en medicina, obliga a interponer una técnica o un sofisticado aparato entre médico y enfermo. Son tiempos del diagnóstico analítico o por imagen, que son precisos, en detrimento de la relación directa médico-enfermo, que actúa como terapia muy efectiva y poco costosa. Claro que para eso no solo el tiempo es necesario, sino también vocación y dedicación. Quizá es aquí donde la pelota cae, primero, en las facultades de Medicina, que preparan al futuro facultativo más para contestar a un test y menos en inculcar la ética y valores humanos imprescindibles para ser un buen médico —en medicina es fundamental la actitud y no solo las aptitudes—; y segundo, en la administración del Estado o comunidades, por no adecuar personal y dotar de equipos diagnósticos los centros de salud, que son el primer contacto entre paciente y médico. Se deberá potenciar socialmente la figura del médico de familia para incrementar las vocaciones.
El gran avance de la tecnología biomédica, la creación de múltiples especialidades, es otra importante explicación del abandono de la exploración necesaria. La precisión en captar imágenes y costosas pruebas analíticas no solo permite diagnósticos atinados, sino que ha creado subespecialidades y potenciado otras, pero a costa de encarecer la gestión clínica. Los avances científicos se corresponden con un mayor gasto sanitario. Pero el problema surge cuando no solo se indican para facilitar el diagnóstico, objetivo fundamental y positivo, sino que, con cierta frecuencia, se mal indican impulsados por una «medicina defensiva», ante el temor a un juez.
¿Alguien ha valorado lo que cuesta una mal entendida medicina defensiva? Quizá, campañas de educación sanitaria desde la escuela, una actualización de la educación médica que se centre en el paciente que sufre la enfermedad, una gran preparación del médico como gestor de un proceso costoso para la sociedad, prestigiar al médico de familia, que deberá ser el mejor especialista en tanto en cuanto va ahorrar tiempos y gasto sanitario, sean pasos necesarios para que la salud pública no se deteriore por causa de políticas erróneas que inducen al consumismo médico sanitario.