Galicia metropolitana: el espejismo urbano que nunca llegó

Andrés Precedo Ledo PROFESOR MERCANTIL, DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS Y CATEDRÁTICO DE GEOGRAFÍA HUMANA

OPINIÓN

Dibujo original de Andrés Fernández Albalat sobre su proyecto de la Ciudad de las Rías.
Dibujo original de Andrés Fernández Albalat sobre su proyecto de la Ciudad de las Rías. Albalat

En 1956 se introdujo en España el concepto de área metropolitana como instrumento de gestión supramunicipal para las grandes ciudades, inspirado en el modelo norteamericano. Su implantación se intentó en Madrid, Bilbao, Barcelona, Sevilla y Valencia, pero en ningún caso llegó a consolidarse plenamente: las estructuras creadas acabaron disolviéndose o perdiendo relevancia. Solo Barcelona logró mantener la denominación a través de consorcios especializados, especialmente en el ámbito del transporte público.

En Galicia, siguiendo ese mismo modelo —ya entonces cuestionado—, se creó en el 2010 el área metropolitana de Vigo, que tampoco llegó a funcionar de manera efectiva. Experiencias similares se repitieron en otras regiones, lo que abrió un debate sobre la viabilidad de estas fórmulas. Con el tiempo fueron sustituidas por modelos más flexibles, menos burocráticos y más operativos, como el caso de Oporto.

Sin embargo, el debate metropolitano en Galicia no se limita al plano administrativo. Mucho antes, la idea de lo metropolitano ya había inspirado propuestas de arquitectos y urbanistas pioneros. Entre ellas destacan la Ciudad Comarcal de Vigo, de Antonio Palacios (1932), inspirada en la Country Town; y la visión organicista de la Ciudad de las Rías A Coruña-Ferrol de Albalat (1968). Desde una perspectiva económica, el primer Plan de Desarrollo (1963) ya identificaba dos áreas metropolitanas policéntricas que, en el segundo (1969), se articularon en torno a un eje atlántico con Santiago como centro de servicios regionales y los polos A Coruña-Ferrol y Vigo-Pontevedra como grandes áreas funcionales.

Posteriormente, en el tercer plan (1972), se planteó como alternativa una red urbana integrada basada en infraestructuras de transporte —especialmente el ferrocarril— y en una descentralización funcional y administrativa más equilibrada. Aquella propuesta encontró resistencias en el contexto político del tardofranquismo. Ya en la España autonómica, esta arquitectura territorial se mantuvo, con distintas denominaciones, en las sucesivas directrices de ordenación del territorio. Sin embargo, una vez más, las propuestas quedaron en gran medida sin aplicación efectiva, y fórmulas como consorcios o mancomunidades tampoco lograron consolidarse como herramientas eficaces.

Con la llegada del siglo XXI, el escenario ha cambiado de forma sustancial. Galicia ha evolucionado desde un modelo dual, centrado en Vigo y A Coruña, hacia una estructura multipolar más compleja. La antigua jerarquía vertical de carácter localista ha dado paso a una organización multiescalar, donde las áreas metropolitanas dejan de ser islotes urbanos para integrarse en regiones metropolitanas más amplias, como el Corredor Metropolitano Atlántico. Este cambio implica el tránsito de una estabilidad jerárquica a una complejidad sistémica, similar a la observada en otras regiones policéntricas europeas.

Galicia avanza, por tanto, hacia una realidad metropolitana interconectada que ya no es un proyecto administrativo fallido, sino un proceso territorial en construcción. Un proceso que exige nuevas herramientas, nuevas mentalidades y una mayor cooperación institucional. Más que un espejismo urbano, la Galicia metropolitana es hoy un reto decisivo para su futuro.