No todos los tribunales son un ir y venir de gente del PSOE y del PP. En un juzgado de California asoma la figura de un terrícola cuyo rostro podría haber sido creado con inteligencia artificial, bueno, hay quien dirá que con torpeza artificial. Se llama Elon Musk, de niño ya era un genio, fundó Tesla y SpaceX y se convirtió en el hombre más rico del mundo. Luego hizo el saludo nazi, se fotografió con Santi Vox y con la motosierra de Milei, y fue la media naranja, con perdón, de Donald Trump, hasta que el amor sucumbió a los egos. Elon está a punto de ser transportado en ascensor a la sala donde se dirime quién es Teresa de Calcuta, él o Sam Altman, primer ejecutivo de OpenAI, que ha pasado de socio a «amenaza para la humanidad». La humanidad. En este instante Musk parece estar llevándose la mano a la cartera. Como saque de ella sus ganancias del último minuto, el ascensor va a colapsar. Pero, sí, la humanidad. Bonita palabra. ¿A cuánto irá hoy el kilo de humanidad?