El atentado de Donald Trump tiene mucho de ficción por cuanto las escenas nos recuerdan a películas que hemos visto una y otra vez en el cine o en la televisión. Pienso en En la línea de fuego, la cinta en la que Clint Eastwood, un veterano guardaespaldas atormentado por su pasado, salva la vida del presidente de Estados Unidos durante un tiroteo en una enorme convención en una sala de un hotel, mientras John Malkovich, que interpreta a un malvado asesino, se las ingenia para colar un arma en dicho acto.
La realidad está tan guionizada que da que pensar y por eso muchos son hoy los que tienen bajo sospecha a Trump, que se ha salvado —¿de chiripa?— de varios tiroteos (van unos cuantos), y día sí, día también es el protagonista absoluto de la actualidad. Sus acciones son tan delirantes que pensamos que su vida podría acabar acorde a un final de un wéstern de Clint Eastwood, en el que los buenos terminan tomándose la Justicia por su mano. Ese es el riesgo.
En momentos así, la tentación de responder con más confrontación, más ira y más trincheras es fuerte. Sin embargo, conviene recordar que la violencia, venga de donde venga, es profundamente estéril.
El atentado contra Donald Trump no puede interpretarse como un acto justificable por la polarización existente. Al contrario: es una prueba más de que cuando el lenguaje público se degrada, cuando el adversario se convierte en enemigo y cuando se normaliza la deshumanización, el paso a la violencia deja de parecer impensable. Pero también sería un error que Trump, conocido por su retórica combativa, respondiera en los mismos términos que han alimentado esa espiral. La tentación de utilizar el atentado como munición política, de endurecer el discurso o de legitimar actitudes todavía más agresivas solo contribuiría a empeorar el problema.
Las democracias se sostienen sobre una premisa básica: el desacuerdo se resuelve con palabras, con votos y eso que se llama derecho internacional, que políticos como el presidente de Estados Unidos se pasan por el forro. Y esa premisa implica rechazar la violencia incluso cuando afecta a figuras polémicas y tan odiadas como Trump. Precisamente por eso, si algo enseña tanto la realidad como el cine es que cruzar la línea de fuego tiene consecuencias irreversibles. Evitarlo no es solo responsabilidad de quienes empuñan un arma, sino también de quienes moldean el clima hostil en el que esas decisiones se gestan.