Por fin, después de más de 50 años, hemos vuelto a la Luna, o al menos, hemos pasado muy cerca, y mucha gente no entiende por qué hay tanto revuelo si esto ya se hizo hace décadas. Efectivamente, esta misión parece poco importante en sí misma, pero marca el inicio de un nuevo y apasionante programa de exploración espacial. Este «pequeño paso para el hombre» lo será ahora también para la mujer, y supondrá el primero de muchos más pasos que nos llevarán, no solo a pisar la superficie de la Luna, sino a construir una base lunar estable, usar sus recursos naturales, y plantearnos en pocos años la posibilidad de pisar otros planetas. Aunque enviar humanos a Marte sigue siendo ciencia ficción, este es el pistoletazo de salida a una nueva carrera espacial, ahora más abierta y con China como principal competidor, que quizá pueda convertir esta ficción en realidad.
Sin embargo, desde la comunidad científica se oyen muchas críticas y reticencias ante este nuevo programa espacial, que genera sentimientos encontrados, y no podemos negar un sabor agridulce por la manera en que se ha diseñado este programa Artemis. Los grandes programas científicos se rigen por comités internacionales que definen y priorizan las preguntas clave para la humanidad, los datos que son necesarios, las tecnologías y las misiones a desarrollar en las próximas décadas. Sin embargo, Artemis no se ha basado en prioridades científicas, sino en criterios geopolíticos estratégicos, de una manera parecida a como se desarrolló la carrera espacial hace 50 años en el marco de la Guerra Fría. Ahora el objetivo claro de EE.UU. es volver a la Luna antes que los chinos, pero la participación científica es casi inexistente. Las misiones seguramente aportarán datos y tecnología muy útiles para la ciencia en un futuro, pero esto podría, y debería, hacerse en el marco de una cooperación internacional y no como una competición a ver quién llega primero.
El problema, además, es que la exploración humana es extremadamente cara, e incluso innecesaria para afrontar la mayoría de las prioridades científicas actuales, que podrían resolverse con satélites y misiones robóticas como llevamos décadas haciendo de una manera extremadamente eficiente y por un coste muchísimo menor. Estas misiones tripuladas despiertan la fascinación de la sociedad, pero los astronautas tienen la mala costumbre de respirar, comer e ir al baño (con una enorme complejidad como se ha visto con el famoso y problemático retrete espacial). La sociedad no es consciente de que el coste de llevar y mantener vivos a estos astronautas durante una semana ha supuesto la cancelación de muchísimas otras misiones científicas internacionales, y está poniendo en riesgo la viabilidad de muchos otros programas de investigación en temas tan críticos como la monitorización del cambio climático que nos influye a todos en la Tierra.
Los investigadores, obviamente, apoyamos cualquier desarrollo tecnológico que nos permita facilitar el acceso al espacio y recibiremos con los brazos abiertos los nuevos datos que nos permitan mejorar nuestro conocimiento del sistema solar, pero no debemos olvidar que el principal promotor de este programa es el gobierno de Trump, que está usando el espacio como una herramienta propagandística más, y esperamos que no exporte fuera de la Tierra las estrategias geopolíticas agresivas (y bélicas) que ya está llevando a cabo en nuestro planeta sin ningún respeto por el derecho internacional o por la comunidad científica.
Alejandro Cardesín. Doctor en Ciencias y Tecnologías Espaciales