Biometano: ciencia, oportunidad... y también cómo se cuenta

Juan M. Lema Rodicio CATEDRÁTICO EMÉRITO DE INGENIERÍA QUÍMICA EN LA UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

OPINIÓN

María Pedreda

Europa cuenta hoy con unas 1.700 plantas de biometano en funcionamiento en veinticinco países, con una capacidad de producción de 7.000 millones de metros cúbicos anuales. En paralelo, más de 20.000 instalaciones de biogás llevan décadas operando con normalidad, aportando cerca del 7 % del consumo de gas de la UE. España, sin embargo, apenas dispone de entre quince y veintidós plantas de biometano operativas. Una cifra muy reducida para un país con enorme potencial, vinculado a su potente sector agroganadero y a la abundancia de residuos orgánicos.

Mientras países como Francia —con más de 760 plantas—, Alemania, Dinamarca e Italia han apostado decididamente por esta tecnología, en España, también en Galicia, se produce un creciente rechazo social ante las nuevas instalaciones. Y, en demasiadas ocasiones, ese rechazo se sustenta en argumentos como los olores, los riesgos para la salud o los supuestos impactos ambientales, que resultan difícilmente sostenibles desde el punto de vista científico cuando los proyectos se analizan con rigor.

Conviene dejar claro desde el inicio que la digestión anaerobia no es una tecnología experimental. Es un proceso ampliamente conocido y utilizado desde hace décadas para la depuración y el tratamiento de residuos. Su evolución hacia la producción de gas renovable no ha hecho sino mejorar su control, su eficiencia y su seguridad. Las plantas modernas operan en sistemas cerrados, con bajas emisiones y bajo estrictos controles ambientales. La evidencia europea, con miles de instalaciones en funcionamiento, lo demuestra.

Hay un aspecto clave que debería centrar el enfoque del debate: estas plantas no crean un problema, sino que tratan de dar solución a uno que ya existe. La gestión de purines y de residuos orgánicos —incluidos muchos de origen industrial— sigue siendo un reto ambiental en España.

La digestión anaerobia permite tratarlos de forma controlada, reduciendo los impactos y generando valor. Y, sin embargo, se plantea como si se tratara únicamente de una infraestructura energética. Ese es el error. La digestión anaerobia no es solo energía. Es, probablemente, uno de los ejemplos más completos de economía circular real. Convierte residuos ganaderos, agrícolas e industriales, sin otra salida tecnológica eficiente, en un recurso. Reduce las emisiones asociadas a su gestión. Sustituye un gas fósil por un gas renovable. Y, además, captura metano biogénico que, de otro modo, se liberaría directamente a la atmósfera. Además, permite recuperar nutrientes esenciales, como nitrógeno, fósforo y potasio, como fertilizantes orgánicos que reducen la dependencia de fuentes externas. Al mismo tiempo, disminuye la carga de patógenos y los olores respecto a los residuos originales. Es decir, integra de forma directa cuatro dimensiones que rara vez se plantean conjuntamente: energía?residuos?agricultura?clima. Es, además, una de las pocas tecnologías capaces de actuar simultáneamente en cuatro frentes estratégicos: descarbonizar el sistema gasista existente; reducir la dependencia energética exterior; valorizar residuos agrícolas y ganaderos; y generar actividad económica en el medio rural.

Ahora bien, esto no significa que todos los proyectos estén bien planteados, ni que no existan impactos locales que deban gestionarse adecuadamente. La evaluación rigurosa de un proyecto debe considerar al menos cuatro elementos clave: su papel como solución local de gestión de residuos existentes; un marco de transparencia completa, con datos verificables sobre emisiones, olores, tráfico y calidad del digestato; una gobernanza local efectiva, que garantice que los beneficios —económicos, ambientales y sociales— reviertan en el territorio; y la necesidad de mantener el debate en el ámbito del conocimiento técnico, evitando confundir criterios científicos con posicionamientos ideológicos. Solo desde este enfoque integrado es posible valorar adecuadamente el papel del biometano y evitar análisis parciales que conducen a conclusiones erróneas.

España se encuentra en una encrucijada. Actualmente, el biometano representa menos del 0,2 % del aporte de gas, mientras Europa avanza hacia el 10 % en el 2030. Disponemos del recurso, del conocimiento y de la necesidad. Lo que está en juego no es una tecnología; es nuestra capacidad para entenderla correctamente. Porque el biometano no es el problema: es una de las soluciones más completas que tenemos. Y la verdadera cuestión es si sabremos entenderlo —y explicarlo— a tiempo.