¿Qué esconden las «tormentas» en los mercados?

Domingo García Coto CONSEJERO DE REDEGAL Y EXDIRECTOR DEL SERVICIO DE ESTUDIOS DE LA BOLSA

OPINIÓN

María Pedreda

Los mercados financieros globales atraviesan semanas de turbulencias inusuales. Los principales índices bursátiles registraron fuertes retrocesos y recuperaciones también intensas, mientras que los movimientos dentro de la misma sesión, la denominada volatilidad intradía, superó el 6 % durante varias jornadas consecutivas, algo que no se veía desde la crisis financiera del 2008 y el colapso de los mercados en el 2020. En este contexto, una pregunta incómoda pero legítima emerge entre analistas, reguladores e inversores: ¿estamos ante un ajuste de mercado, impulsado por fundamentales, o existe manipulación deliberada detrás de estos movimientos? La respuesta honesta es que probablemente haya algo de ambas cosas, en distinta medida.

Por un lado, hay pocas dudas de que existen factores coyunturales y estructurales reales. Sería un error garrafal atribuir toda la volatilidad a actores malintencionados. La escalada del conflicto en Oriente Medio ha provocado que los mercados de energía descuenten perturbaciones prolongadas en el suministro, intensificando las presiones inflacionistas y elevando los rendimientos de los bonos. Al mismo tiempo, los metales preciosos y los precios de la energía han experimentado oscilaciones notables: el oro y la plata tuvieron un fuerte repunte a comienzos del 2026, seguido de una corrección abrupta, en parte atribuida al cierre de posiciones apalancadas. Estos movimientos tienen explicaciones racionales basadas en la incertidumbre geopolítica y macroeconómica.

Sin embargo, también es cierto que la evidencia académica ha comenzado a advertir que la estructura actual de los mercados es especialmente vulnerable a prácticas manipuladoras. Un documento de trabajo del National Bureau of Economic Research (NBER, 2025) demuestra, mediante simulaciones, que algoritmos de trading basados en inteligencia artificial pueden aprender a coordinar comportamientos colectivos sin acuerdo explícito, sin comunicación y sin intención declarada, generando beneficios muy competitivos que erosionan la eficiencia del mercado. Este fenómeno, conocido como colusión algorítmica, opera en un vacío legal porque los marcos regulatorios actuales exigen demostrar intención, algo casi imposible de probar en sistemas automatizados.

A esto se suman prácticas ya con una larga historia como el spoofing: colocar órdenes de gran volumen sin intención de ejecutarlas para crear una ilusión de presión compradora o vendedora, induciendo a otros participantes a actuar en consecuencia, para luego cancelar las órdenes y operar en la dirección contraria. Hace ya varios años, un reputado banco de inversión norteamericano fue multado con más de 900 millones de dólares por la entidad que supervisa los mercados de futuros (CFTC) precisamente por este tipo de manipulación en mercados de metales preciosos y deuda pública, la mayor sanción por spoofing en la historia regulatoria estadounidense.

El volumen medio diario negociado en los mercados de acciones de EE.UU. creció un 50 % entre el 2023 y el 2025 acercándose a los 18.000 millones de títulos, ya con más del 50 % del volumen ejecutándose fuera de las bolsas tradicionales, lo que representa un reto de escala y fragmentación sin precedentes para los equipos de supervisión. La Universidad de Michigan, con financiación de la National Science Foundation, trabaja en modelos de detección de prácticas de abuso, entre ellas del citado spoofing, que combinan aprendizaje automático, teoría de juegos y derecho, reconociendo que las definiciones legales vigentes no están adaptadas a la manipulación ejecutada por algoritmos.

En suma, el entorno actual podríamos caracterizarlo por dos componentes: la incertidumbre y la asimetría. El potencial alcista probablemente está limitado por inventarios abundantes en algunos mercados de capitales, materias primas y derivados, mientras que los riesgos a la baja vinculados a tensiones geopolíticas prolongadas no están completamente descontados. Esta combinación crea un caldo de cultivo tanto para el pánico genuino como para las oportunidades de inversión a corto plazo.

Acusar de manipulación a todo movimiento brusco sería tan irresponsable como ignorar que algunos de esos movimientos son (pueden ser) resultado de estrategias que explotan la volatilidad en beneficio propio. La respuesta no es el alarmismo, sino avanzar hacia marcos de regulación y supervisión que estén a la altura de la velocidad y complejidad de los mercados del siglo XXI.

Los organismos supervisores no se han quedado quietos y cuentan hoy con un arsenal más sofisticado que en cualquier momento anterior. Los sistemas tecnológicos de supervisión de los reguladores escanean en tiempo real enormes volúmenes de datos del mercado —incluyendo datos de transacciones, precios y valores atípicos— para detectar riesgos de manipulación, del mismo modo que los sistemas internos de vigilancia de las propias entidades monitorizan actividades indicativas de manipulación. En Europa, el Reglamento de Abuso de Mercado (MAR) establece que la ignorancia de las normas o la ausencia de intención no constituyen defensa ante conductas abusivas, y que el comportamiento ilícito cometido por desconocimiento puede ser tan grave en sus consecuencias como el deliberado, lo que eleva significativamente el estándar de responsabilidad individual. En Estados Unidos, la SEC ha dejado claro que su foco en la manipulación de mercado y la información privilegiada (insider trading) se mantiene firme y la CFTC ha reorientado sus recursos para reforzar la supervisión y concentrarse en los casos de fraude y manipulación con mayor impacto en los mercados, incluyendo sanciones a profesionales del mercado e inversores individuales. Además, de cara al 2026, la SEC prevé incrementar las acciones de refuerzo de la supervisión en áreas nucleares como la información privilegiada, el fraude contable y la manipulación de mercado, bajo la premisa declarada de hacer rendir cuentas a quienes mienten, hacen trampas y roban.

La arquitectura regulatoria y supervisora no es perfecta, pero es mejor que nunca y sí está evolucionando: más tecnología, más coordinación internacional y una responsabilidad individual cada vez más difícil de eludir.