«No sé dónde queda Palestina, ni Irak, ni Irán, ni Ucrania. Tampoco me interesa ese remoto lugar que nombran como Oriente Medio»
OPINIÓN
No sé y aun menos me interesa dónde queda Palestina. Ni Irak. Ni Irán. Ni Ucrania. Ni tampoco sé qué es ni dónde queda ese remoto lugar que nombran como Oriente Medio. Como tampoco me interesan las condiciones de vida de las mujeres de esos paraísos donde el llamado oro negro lo paga y justifica todo. Y no hablemos de África. Un lugar que sé que existe, pero que, ciertamente, no me importa. Ni las pateras. Nada de eso. Lo único interesante es que en ese continente es donde se concentran las mayores reservas de minerales para la fabricación de mi móvil. Eso sí me preocupa. Todo lo demás, incluso que utilicemos sus tierras como nuestro vertedero, me da igual. Y así me ocurre también con la explotación y aprovechamiento de la mano de obra infantil para algunos de los trabajos más duros. ¿Acaso importa, cuando mi comodidad diaria está en juego? También dicen que China es una dictadura. Y lo dicen los que saben. Los mismos que dicen cuidar de nuestros intereses. Ahora bien, ¿les preocupa a ellos ese pequeño detalle? ¿No acatan lo que China y su dictadura les dictan? Somos lo peor que cada uno y cada quien dice no ser. Un ser ruin y cruel. Manuel I. Nanín. O Carballiño.
Apostar al caballo perdedor
En política hay una tendencia preocupante a repetir lo que ya no funciona. Se mantienen discursos que la gente ha dejado de escuchar, estrategias que ya no convencen y formas de actuar que solo sirven para demostrar que el partido vive más en su pasado que en el presente. No es coherencia: es miedo a reconocer que algo se ha roto. Cuando una organización política se encierra en sus viejas ideas, deja de mirar a la ciudadanía y empieza a mirarse solo a sí misma. Se justifican los malos resultados, se culpa al entorno, se evita cualquier cambio que pueda incomodar. Mientras tanto, la distancia con la sociedad crece y la confianza se desgasta. La gente nota cuándo un proyecto ya no tiene pulso, y lo nota mucho antes que quienes lo dirigen. La falta de autocrítica, la repetición de los mismos errores y la incapacidad de abrir las ventanas acaban convirtiendo a un partido en su propia caricatura. Y cuando eso ocurre, ya no es la oposición quien lo debilita, es su propia inercia. En política, como en las carreras, insistir en el caballo perdedor no cambia el resultado. Solo prolonga la caída. Enrique Veiga Rodríguez. A Coruña.