En enero de 1987, la Administración Reagan publicó la primera de las diecinueve Estrategias de Seguridad Nacional (ESN) de Estados Unidos. Hablamos del documento marco que articula el pensamiento y la visión estratégica de Washington para orientar la acción exterior del país, desenvolver la planificación militar, desplegar la diplomacia e impulsar la política económica internacional. Hablamos de la manifestación escrita del imperialismo estadounidense.
La ESN 2025 recupera la política exterior del Corolario de Roosevelt (1904) que legitimó la acción intervencionista en los asuntos domésticos de los países latinoamericanos, convirtiendo a EE.UU. en un «policía internacional», ejecutor de la «política del Gran Garrote». Esta estrategia supone una inflexión significativa respecto a las dieciocho anteriores al abandonar la visión globalista de un «orden basado en reglas», renegando de las instituciones supranacionales y obviando la confrontación ideológica entre democracia y autoritarismo.
Se impone ahora una visión civilizacional que recupera la realpolitik del siglo XIX, basada en el pragmatismo y el equilibrio de poder entre las grandes potencias, priorizando el interés nacional a la ideología. Desde el 2025, EE.UU. ha abandonado 66 organizaciones internacionales y ha desatado una competencia salvaje por los recursos naturales en Ucrania, Groenlandia y Venezuela frente a Rusia, Dinamarca y China.
Considera a este último país responsable de estar erosionando la influencia estadounidense en el hemisferio occidental y contraataca reclamando el tránsito libre de peajes por el Canal de Panamá para sus buques comerciales y militares, prestando 40.000 millones de dólares a Argentina para eliminar su dependencia china y enviando a Taiwán armas valoradas en 11.000 millones para construir la trinchera en su patio trasero.
Esta región del Indo-Pacífico está definida por la ESN como «el teatro decisivo de la competición económica y geopolítica del siglo XXI, un cuello de botella» geográfico para más del 30 % del comercio marítimo mundial y del 80 % de las importaciones energéticas de China. Entonces surgen dos preguntas: ¿La caída de Maduro en Venezuela «legitimará» a China para una operación militar en Taiwán? Y si esto sucede, ¿impondrá Washington su realpolitik aceptando la vuelta de los grandes espacios imperiales?
La respuesta es compleja aunque la ESN da alguna pista al plantear una competencia más estructural que ideológica con China, priorizando el interés nacional y las relaciones transaccionales.
EE.UU. se niega a repetir errores del pasado y busca la superioridad militar más que la intervención y ocupación permanentes. Unos 600 ataques aéreos al narcotráfico en el Caribe, a instalaciones nucleares iraníes o al terrorismo en Yemen y Nigeria, parecen evidenciarlo. En consecuencia, Washington renuncia a tutelar militarmente a Europa considerada como una civilización decadente por la inmigración ilegal y la presencia del caballo de Troya chino en activos clave como puertos, tecnología crítica o rutas comerciales. La nueva ESN estadounidense ve al mundo ingobernable y supeditado al ejercicio de la fuerza y del poder, con sus férreas leyes desde siempre que nos dicen cómo somos y qué estamos destinados a ser.