Francia ha hecho sonar las alarmas. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, en el 2025 hubo más fallecidos que nacimientos y se han puesto manos a la obra para intentar revertir la tendencia. Francia es un país con cifras de natalidad superiores a la media europea (1,8 hijos por mujer frente a 1,5), pero antes de que el problema se agrave han puesto en marcha un «rearme demográfico» que incluye una novedosa medida: una carta a los franceses de 29 años animándolos a tener hijos, recordándoles que a partir de los 30 la fertilidad empeora, y fomentando la congelación de óvulos. Porque las francesas son madres por primera vez a los 29.
Si la demografía gala está en crisis, la española, y sobre todo la gallega, está en fase terminal. Con una tasa de un hijo por mujer y una edad de 33 años para tener el primer retoño, no parece que esa renta de 200 euros prometida el martes por Bustinduy vaya a arreglar el problema.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, o el de la Xunta, Alfonso Rueda —o ambos, ya que han vuelto a hablar por primera vez desde los incendios de hace seis meses—, podrían enviar también una misiva a todos los treintañeros, recordándoles que hay que tener hijos, porque perder población es abocar al país a la ruina, a la economía, a la crisis y a todos nosotros a la pobreza. Pero en esa carta tendrán que explicarles también qué van a hacer para que esos padres potenciales puedan acceder a una vivienda sin tener que afrontar un precio tan desorbitado que la hipoteca la tengan que terminar de pagar los hijos; para que sus sueldos se alejen del salario mínimo, y para que conciliar deje de ser un desafío a la altura de cualquier proyecto de la NASA. Porque el verdadero incentivo a la natalidad es tener confianza en el futuro.