La decisión de limitar también en España el acceso de los menores de 16 años a las redes sociales y la de exigir responsabilidades a los directivos de las grandes plataformas digitales son dos medidas absolutamente necesarias para reducir los graves problemas educativos, de convivencia y de hábitos que están aflorando en la sociedad y, sobre todo, destruyendo las mentalidades más jóvenes. Quizá no sean suficientes ni fáciles de imponer, pero son el primer paso para cambiar la imagen permisiva que tienen una gran parte de los ciudadanos ante la fuerza oculta e interesada de los algoritmos.
Del mismo modo que se modificó la percepción que había sobre el tabaco, el alcohol o el juego, se hace ya imprescindible poner freno a una adicción que promete diversión y felicidad, pero que en realidad solo busca la exhibición de los usuarios y en muchos casos termina convirtiéndolos en víctimas. Jamás había habido una herramienta más poderosa para el acoso personal y sexual, hasta el punto de haber convertido el bullying en una experiencia propia de la vida diaria en las pandillas y en los colegios. La admiración y fascinación que producen las redes, sobre todo en la pubertad y la adolescencia, tienen como contrapartida el desprecio absoluto de las plataformas a la persona, que queda a expensas de la manipulación y no puede evitarla ni resarcirse de ella.
Si la fuerza de los algoritmos ya es brutal hoy, lo que se espera a corto plazo no se aventura mejor: la inteligencia artificial genera un mundo absolutamente irreal, donde se suplanta la personalidad de cualquiera. Hasta ahora costaba distinguir lo que es fingido de lo que es real, puesto que en las redes se aparentaba. Pero en la nueva etapa son las máquinas las que crean las falsas realidades. Estos días puede verse a políticos opuestos cantando y bailando juntos, a monarcas ofreciendo inversiones en criptomonedas o a amigas y amigos posando desnudos. La mentira se hace pasar por verdad.
Esa es la gran clave que han traído los dueños de las redes sociales: no importa la verdad; lo que importa es que se lo crean. Así ha crecido la gran ola de desinformación. Si alguien pensó que las redes traerían una nueva forma de informarse, ya habrá podido comprobar que no, puesto que gran parte de su oferta está sesgada y es manipulación. Ha habido intentos de influir en elecciones, daño en la reputación de empresas, humillación de personas y es un entorno ideal para plantear estafas, robos y delitos.
Todos estos efectos nocivos que percibe cualquiera son más peligrosos para los adolescentes, en un momento de su vida con más propensión a la adicción y con menor capacidad crítica para discriminar realidad y mentira. Sin ser conscientes de las consecuencias, entregan su intimidad a unas entidades que actúan en su propio beneficio. Ellos no pagan por estar en la red; son la mercancía.
Los intentos para protegerlos de las redes no son fáciles, se puede suplantar en la edad, e incluso con la colaboración paterna. Pero que la medida, pionera en Australia, empiece a calar y a extenderse por Europa (Francia, Portugal, países nórdicos o ahora España) y que países menos ricos que las plataformas de redes se unan para combatir sus excesos es un primer paso en una carrera en la que las máquinas van ganando a los humanos. No es tanto el éxito de la iniciativa como comenzar a generar una nueva conciencia social: este mundo tan fascinante es peligroso. Alguien debe someter al algoritmo.