Todos perdimos
Miembros de cierta izquierda sectaria, incapaces de soportar el enfrentamiento dialéctico con aquellos que no son de su cuerda ideológica; y miembros de cierta izquierda asustadiza, muy sensibles ante las presiones de los más extremistas de su propio espacio político, han decidido a última hora no acudir a un foro programado sobre la Guerra Civil, que finalmente ha sido cancelado. Los tres participantes de más renombre que han dado la espantada han sido David Uclés, Carmen Calvo y Antonio Maíllo. Al parecer, les ha sentado muy mal, entre otras cosas, el propio título del foro: «1936, la guerra que todos perdimos».
Todas las partes enfrentadas en una guerra tienen razones más que sobradas para sentirse perdedoras. Una vez finalizada, el que no ha perdido la vida, ha perdido las ganas de vivir, o a sus seres queridos, o el juicio, o la perspectiva de un futuro halagüeño. Dijo Miguel Hernández: «Tristes guerras si no es amor la empresa. Tristes, Tristes. Tristes armas si no son las palabras. Tristes, Tristes». Resumiendo: todas las guerras son tristes. O, más exactamente, todas son abominables. Consideremos la peripecia vital de un miembro de la resistencia francesa que, después de combatir encarnizadamente a los nazis y tras pasar casi cinco años de hambre, miedo y penuria, en los que vio morir a gran parte de sus amigos y camaradas, vuelve a su pueblo natal una vez terminada la Segunda Guerra Mundial y se encuentra con que sus padres y su mujer murieron en los campos de exterminio. ¿De verdad puede considerar este hombre que ha ganado la guerra? Y si todas las guerras son espantosas, qué no diremos de las guerras civiles. Esas son las peores, tu enemigo comparte tu lengua, tu religión, tu cultura, tus tradiciones... A veces tu sangre... A veces es tu propio hermano.
Antonio Machado, cuando la guerra daba sus últimos y sangrientos coletazos y él se dirigía, acompañado de su hermano José y su madre, a su exilio en Colliure, dijo: «Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores todo está claro: hemos perdido la guerra. Humanamente hablando, yo no estoy tan seguro: quizá la hayamos ganado». ¿Por qué? Simplemente, porque habían dado un ejemplo al mundo con su lucha por la dignidad, la justicia social, la solidaridad y la defensa de los valores democráticos. Y si la República ganó en esos campos fue lógicamente en esos mismos campos donde perdió el fascismo, una doctrina indigna, injusta, insolidaria y antidemocrática. Así pues, si bien unos perdieron militarmente, otros perdieron moral y éticamente, pero todos perdimos. Juan Alberto Campoy Cervera.
Casetas en la plaza Compostela de Vigo
Es una pena que, después de haber apagado las luces de la larguísima Navidad, nadie se haya molestado en apremiar a los que instalaron el mercadillo a que levanten sus casetas, postes, etcétera, y el parque vuelva a ser para todos los vigueses. Es cierto que ha existido una concatenación de temporales, pero eso no ha sido un obstáculo para que en diez días desmontaran la famosa noria, que impedía el tráfico habitual en esta céntrica zona. Si el Ayuntamiento obligara al desmantelamiento en un plazo fijado tras las fiestas, con la advertencia de una sanción por cada día de ocupación de más, la situación se habría normalizado ya. Más de tres meses —empezaron a primeros de noviembre a colocar vigas y demás— parece tiempo suficiente para devolver este espacio a los ciudadanos. José Luis Mariño Rodríguez. Vigo.
Gladiadores con raqueta
El coliseo presentaba un aspecto radiante; los espectadores, ávidos por ver comenzar el espectáculo, abarrotaban las gradas. Los gladiadores salen a la pista y el griterío es ensordecedor. Unos jalean al gladiador ilirio, procedente de los Balcanes, mientras que otros se extasían con el hispano, nacido en la zona de Cartago Nova. Ambos luchadores blanden una raqueta. Saludan al emperador, quien, sentado en una silla alta, va a ejercer de juez inapelable en el transcurso del incruento combate durante el cual los luchadores golpean con la raqueta una pila verde siguiendo unas reglas. Los contendientes, rivales, mas no enemigos, se emplean a fondo: exhiben una técnica depurada, piernas y brazos rindiendo al máximo. La rapidez, flexibilidad y capacidad torácica se exprimen cual naranjas de Hispania y las mentes son su arma primordial. Transpiran copiosamente y jadean al golpear la pila. El cansancio, el dolor o ver que la derrota está próxima son superados por la fuerza de voluntad, una fe inquebrantable en sí mismos. La cabeza del vencedor es ceñida con una corona de laurel y el público prorrumpe en ovaciones para los gladiadores, quienes se funden en un efusivo abrazo, esbozan francas sonrisas y el perdedor rodea con cariño el hombro del vencedor. Gracias por exhibir la quintaesencia del fair play a los gladiadores Carlos Alcaraz y Novak Djokovic; tanto monta, monta tanto. Francisco Javier Sáenz Martínez.