Tanta lluvia no es arte: harta

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

M.MORALEJO

Lo de que la lluvia es arte en Santiago no es así. Cuando no para, la lluvia harta. Seamos sinceros, aunque bebamos licor café y toquemos la gaita. Harta también a un compostelano de toda la vida con escamas. No tiene nada de artístico. La rúa do Vilar mola mucho velada por un telón de lluvia, pero un rato. Que caiga lo necesario en toda la comunidad para que la gente que trabaja en el campo saque adelante sus cosechas y sus animales, pero no más, por favor. Aprovecho para decir que nos olvidamos de que sin el trabajo de las granjas, del agro, no comeríamos. Este famoso carrusel de borrascas acaba con la moral de cualquiera. Le borraría la sonrisa hasta a una cometa. Por ejemplo, con todos mis respetos para un genio polémico, pero genio, como Camilo José Cela, que le den a la lluvia, al exceso de lluvia. Él hizo poesía con la lluvia que no se cansa de caer en esta tierra gris al norte que decía Carlos Oroza. Así es su histórico e impecable comienzo de Mazurca para dos muertos, obra maestra: «Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. Precioso, pero estamos muy cansados de la infinita paciencia. Los gallegos pata negra a veces tampoco podemos con los calcetines empapados. Cela lo pinta hermoso, pero los andaluces tampoco pueden con Juan Ramón Jiménez y el blandito del burrito Platero. Los tópicos consumen. Nos gusta ser la bella postal verde y azul de la península ibérica, pero nadie disfruta de los excesos. Los fenómenos que dijeron que venía un otoño y un invierno seco se han cubierto de gloria y de temporales. Los números son espectaculares. Las precipitaciones precipitan el ánimo del más santo. ¿Se imaginan al arzobispo con katiuskas, gabardina de Albert Camus y escafandra por encima del uniforme? Estas lluvias nos remiten a aquel año 2000 en el que un alcalde resumió muy bien la que estaba cayendo: «Como sigamos así, nos van a salir agallas a todos». Agallas, branquias y aletas. Galicia se está convirtiendo en una pecera gigante. Chove sobre mollado, como dice el refrán. Pero hasta los gallegos fetén tenemos un límite de humedad. Y hay humedades y humedades. El grifo del cielo está siendo muy injusto. Ha provocado crecidas en los ríos, accidentes de coches, paradas en los trenes. El viento que corre desbocado se ha cargado cubiertas, árboles y todo lo que pilla por delante al silbar como una trompeta gigante. Sé que los gallegos compartimos con los del norte la habilidad de utilizar los paraguas como Dios manda. Intenta emplear tú un paraguas en Madrid cuando caen cuatro gotas. Es un milagro que no te saquen un ojo. No tienen ni idea de cómo se maneja. Pero estos chaparrones con rachas de viento caprichosas revientan los paraguas y llenan las aceras de varillas rotas y cadáveres de paraguas que parecen murciélagos destripados. Somos humanos, dioses de los cielos. Tengan piedad. Ingrid, Joseph, Kristin… Y además este frío que pela. Que no te lo quita de dentro ni una lareira ni una bilbaína. ¿Dónde está aquella Galifornia que nos hizo soñar en clave de sol y azul?