«Me iré de Cuba cuando caigan las bombas»

José Ramón Alonso de la Torre
J.R. Alonso de la torre REDACCIÓN / LA VOZ

OPINIÓN

MONICA IRAGO

Javier Álvarez Pombo empezó dando el pésame en Vilagarcía y ahora es empresario en La Habana

25 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Javier Álvarez Pombo (A Coruña, 1983) ya apuntaba maneras en el instituto. Siendo alumno del IES Armando Cotarelo de Vilagarcía, destacaba por su espíritu inquieto y ocurrente, a veces brillante, a veces desesperante, siempre un gran relaciones públicas. Tenía dos años cuando llegó a Vilagarcía. A su padre, Paco, natural de O Barco de Valdeorras, le habían ofrecido un trabajo en Clesa y a su madre, Manuela, nacida en Corme, Vilagarcía le parecía una ciudad idónea para montar un herbolario.

Javier compaginó enseguida los estudios con el trabajo. Su primer empleo fue en el tanatorio Pompas Fúnebres de Arousa y, cómo no, ejerciendo de relaciones públicas. «Mi trabajo consistía en dar el pésame. Eduardo, el propietario, debió de pensar que yo era muy simpático», recuerda con una sonrisa.

Al tiempo que estudiaba Económicas en la UNED (le faltan dos asignaturas para acabar el grado), se marchó a Málaga, donde trabajó como albañil, aunque confiesa que no tenía ni idea de la profesión, no había cogido un pico y una pala en su vida y sus compañeros lo llamaban el señorito: se dedicaba a pasar la escoba y descargar algún camión.

«En la construcción, pagaban un pastizal, pero quebró el sector y me pilló haciendo una obra en un hotel. Le caí bien a la directora y me contrató primero para limpiar la piscina, luego en la cocina y, como tenía una furgoneta, iba con ella por Málaga y Marbella haciendo compras para el hotel», evoca su época andaluza.

Enganchando un trabajo con otro, la directora del hotel lo ascendió a asistente. Pero Pombo, así es conocido en Vilagarcía, no es un tipo al que le guste echar raíces, así que enseguida se cansó de la Costa del Sol y decidió probar fortuna en Canarias.

En Fuerteventura, fue jefe de compras en un hotel y una noche, en un local llamado San Borondón, regentado por un uruguayo, que tocaba la guitarra, y una chica de Catoira, que cortaba jamón y servía vinos, conoció a Miguel Corbatón, director de hoteles Iberostar, y acabó en la República Dominicana como jefe de compras en un hotel de Puerto Plata.

Atrás dejaba una primera juventud de pésames, albañilería, hoteles y también política. «Fui secretario general de Juventudes Socialistas en Vilagarcía y en Estepona, donde me ofrecieron ser delegado provincial del Instituto Andaluz de la Juventud en Málaga, pero a mí me gusta hacer y decir lo que me da la gana y no acepté», explica. Se fue alejando de la política, aunque no esconde sus ideas: «Soy de izquierdas, pero digo lo que pienso y estoy decepcionado de la política en general. Esto parece una jaula de grillos, no hay respeto ni educación».

Vuelve a casa por Navidad

Charlamos en la cafetería El Huerto del Cura de Vilagarcía. Pombo regresa a su ciudad todos los años, coincidiendo con la Navidad y Fitur. Al tiempo que se publica esta conversación, su avión estará aterrizando en La Habana. ¿Pero cómo llegó nuestro hombre a Cuba? «Pues de puñetera casualidad. En América me mandaron a abrir hoteles en Jamaica, México y Brasil hasta que, por fin, me tocó abrir un hotel Iberostar en Cuba, me vieron trabajar los de Meliá y me ficharon», detalla.

«En Cuba, tengo mi agencia de viajes, hago asesorías para hoteles y, fundamentalmente, estoy centrado en la organización de eventos, sobre todo para organismos de Naciones Unidas. En el 2024, hicimos 98 y el año pasado, más de cien», calcula y resume su trabajo con pasión: «Me gusta aportar firmeza y exigencia combinada con cariño, gestionar equipos estresados, persuadir, cohesionar».

Su empresa como turoperador se llama Turidove, que alude en inglés a su apellido, Pombo, paloma. En Galicia, sigue llevando con un socio una agencia en A Illa de Arousa, Viaxes Confianza, y en Panamá tiene una oficina y asesora a empresas de agroturismo.

Cuba, un régimen autoritario, carestía, Trump… «En Meliá me enseñaron a hablar poco de política con los cubanos. El país atraviesa una grave crisis económica, con problemas de combustible y apagones. Ha habido un éxodo de casi dos millones de personas desde el 2020 y el turismo está muy mermado, aunque no es cierto que haya problemas de inseguridad para los turistas y los apagones no afectan a los hospitales ni a los hoteles, que cuentan con generadores propios», resume la situación y da su opinión: «Cuba no tiene capacidad de comprar medicamentos. Necesita ayuda. No es una cuestión política. El sufrimiento es del pueblo, el que lo está pasando mal es el pueblo».

El tema de Venezuela lo pilló en Galicia. Habla con su oficina a diario. Aunque lo informan de que allí está todo muy tranquilo, confiesa temer a Trump. En La Habana se reúne en el Cigar Bar del Meliá Cohiba con empresarios gallegos dedicados sobre todo a la importación y exportación de alimentos y materiales. Se ayudan, comparten información. Hay otro director de hotel vilagarciano, Carlos, nacido en la parroquia de Cea, que dirige el Grand Aston Habana.

«Tengo un nivel de vida supuestamente alto en comparación. No me falta de nada, aunque me faltan muchas cosas, pero prometí quedarme en Cuba hasta que caigan las bombas y si caen, me iré, pero no creo que lleguemos a ese punto», aventura tan lleno de optimismo como cuando estudiaba en el Cotarelo.