Hay libros principales, impares, distinguidos. Esos que nadie se puede perder. A Chesterton había que recomendarlo en las escuelas de la misma manera que se recomienda a Cervantes. No se hace porque Chesterton posee dos características que lo alejan de la actualidad cultural española: era conservador y católico. En la España cultural, por desgracia, se prefiere seguir recomendando novelas sobre la guerra civil; curiosamente, en esas novelas los «buenos» y los «malos», salvo rarísimas excepciones, son siempre los mismos. Se prefiere seguir recordando a Franco: el pasado año el Gobierno «conmemoró» el quincuagésimo aniversario de su fallecimiento. Se prefiere el enfrentamiento antes que el consenso. La trifulca y la falacia, antes que el acuerdo y la verdad. Disculpen que cuando escribo la palabra «verdad» ignore en realidad qué es lo que significa en estos tiempos. Pese a todo ello, y regresando al genio de Chesterton, pienso que el ser humano es esencialmente bondadoso, generoso y cordial. Chesterton, que discutía de todo y con todos, pensaba lo mismo. Pero no era un dogmático, ni mucho menos. En su Autobiografía, un libro imprescindible, podemos leer en el capítulo undécimo: «Entre mis sólidos y tenaces compatriotas británicos, siempre he tenido la desventaja de no cambiar de opinión con la suficiente rapidez». Una desventaja, cierto. Por ello uno no quiere caer en el mismo error del maestro. Sumido en los ecos políticos de esta España profundamente cainita e implacable en sus calificativos, quiero cambiar de opinión de inmediato: la condición humana es sustancialmente benévola. Y así lo hemos comprobado la última semana.
Tras el accidente de Adamuz, se triplicaron las donaciones de sangre. Un pueblo pequeño, de menos de cinco mil habitantes, se echó a la calle, abrió las puertas de sus casas, entregó mantas, alimentos, agua, todo lo que podía. En Galicia también lo vivimos hace 13 años, cuando en la curva de Angrois un tren, que circulaba a más de cien kilómetros de la velocidad permitida, se salió de la vía. El ser humano, repito, es básicamente bueno. Lo triste es que opinemos esto solo en circunstancias trágicas. Por eso yo he cambiado de opinión rápidamente antes de escribir esta columna. Mi intención era hablar de la politización de las tragedias. Del pasmo que me produce que aquellos que han politizado las desgracias más atroces (desde la dana de Valencia a los atentados de Atocha) reclamen que no se politice Adamuz. Pero, como digo, he cambiado rápidamente de opinión haciendo caso al consejo de Chesterton. Quizá porque siendo como él, católico y conservador, no puedo admitir que la inquina y el resentimiento habiten mi interior. Prefiero desprenderme de ellos. Porque sé que la condición humana resulta poliédrica, pero en su instinto más puro, desnudo y cierto, es indulgente y magnánima. Con eso me quedo. De la politización de las tragedias quizá hable otro día.