Trump es un peligro para el mundo

José Enrique de Ayala TRIBUNA

OPINIÓN

María Pedreda

17 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El ataque aéreo a Venezuela, y el secuestro del presidente Maduro y su esposa, que llevaron a cabo las fuerzas armadas de EE.UU., fue la culminación de las acciones que comenzaron en septiembre con la destrucción de una lancha sospechosa de transportar droga —a la que siguieron otras 35 con un saldo de 115 muertos, sin que nunca se haya demostrado que transportaban droga—, y siguieron con la interdicción del espacio aéreo venezolano y el bloqueo y captura de los buques que exportan su petróleo. El mismo día del ataque, el presidente Donald Trump dejó claro que su objetivo real era el petróleo venezolano, que se proponía «recuperar» después de que hace 50 años fuera nacionalizado. No hubiera sido creíble que lo justificara con la lucha contra el narcotráfico, aunque se acuse de ello a Maduro, después de que él mismo indultara al expresidente hondureño Orlando Hernández, condenado a 45 años de prisión por ese mismo delito.

Tampoco es asumible que el ataque se hiciera en favor de la libertad del país caribeño, al contrario, ahora está sometido a una potencia exterior que le maneja a su antojo en favor de sus propios intereses. Trump, que está destruyendo sistemáticamente la democracia en su propio país, no la mencionó ni una sola vez en su declaración. Ha convertido Venezuela en un protectorado, dirigido a distancia por él mismo, y mantiene el régimen chavista porque necesita esa coartada para una intervención que, en un país democrático con dirigentes limpios, resultaría imposible de justificar. Se trata de la recuperación de la doctrina Monroe —que ahora llaman en su honor Donroe—, que le permite intervenir cualquier nación del continente que «amenace» intereses de EE.UU.

Más allá de los beneficios económicos, la intervención de Venezuela es un aviso al resto de países de Latinoamérica y el Caribe de lo que puede pasarles si no obedecen al autoproclamado rey de América. Ya ha amenazado a Colombia —aunque parece que la tensión con el presidente Gustavo Petro se ha suavizado—, a Cuba —cuyo régimen no tardará en caer porque es inviable sin el apoyo de Venezuela— y a México —donde podría lanzar operaciones militares sobre los cárteles de la droga, vulnerando militarmente su soberanía—.

El régimen chavista era —y es— una dictadura corrupta, pero no más que otros países amigos de EE.UU., como Arabia Saudí o Egipto. El ataque a un país soberano sin que medie agresión por su parte, o una resolución del Consejo de Seguridad, es ilegal e ilegítimo, y vulnera el Derecho Internacional. Pero eso no parece importarle a Trump, que ha declarado que su único límite es su propia moralidad, lo que —a la vista de su biografía y su trayectoria política— debería causarnos espanto. Toda la estructura normativa y multilateral construida después de la II Guerra Mundial salta por los aires. Ya no hay reglas, solo la ley del más fuerte, que es él, claro, al que nadie osa oponerse.

Impone sus aranceles como presión económica o política cuando quiere, y lanza su poder militar donde le parece, en Siria, en Yemen, en Nigeria, mientras reclama con absoluta desfachatez el Premio Nobel de la Paz. Su próxima víctima puede ser Irán, no porque el país esté dominado por una teocracia absolutista y criminal, sino para aprovechar —en favor de su amigo Benjamin Netanyahu— el descontento popular de los iraníes, provocado por las sanciones que él mismo ha impuesto y tal vez instigado por los servicios de inteligencia israelíes, que se ha traducido en decenas de miles de manifestantes y en una cruel represión que ya ha causado centenares de muertos.

Trump no reconoce más aliados que los que le demuestren sumisión absoluta. Su última pretensión es la anexión de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca, miembro de la UE y fundador de la OTAN. Las razones de seguridad que arguye no se sostienen, puesto que tiene una importante base en la isla —Pituffik— y EE.UU. firmó en 1951 un acuerdo de defensa con Dinamarca que le permite instalar todas las bases que necesite para controlar la isla y las rutas aledañas. Se trata de quedarse con los recursos —tierras raras, petróleo, minerales— y ganar ventajas geopolíticas para aprovechar el creciente deshielo del Ártico. No va a hacerlo por la fuerza, porque eso sería el fin de la OTAN y el comienzo de su aislamiento internacional, pero va a presionar para conseguirlo, tal vez pasando por la independencia de la isla de Dinamarca para absorberla luego, o al menos para dominarla totalmente en la práctica.

La UE, atacada y denigrada por Trump repetidamente en su Estrategia de Seguridad Nacional, está paralizada por el pánico a que EE.UU. abandone a Ucrania y a Europa, cuando la guerra aún no ha terminado, y parece dispuesta a aceptar lo que sea con tal de que eso no ocurra. Pero humillarse ante Trump por temor a Putin es salir del fuego para caer en las brasas. Si no se le paran los pies al aspirante a dictador universal, y parece que la UE es la única que podría hacerlo ante la prudencia de China y el silencio interesado de Rusia, su loca carrera de ejercer su voluntad sin límites y con violencia puede acabar en una catástrofe para todos.