Oxford University Press es la editorial universitaria más grande del mundo. Publica más de cuatro mil títulos anuales, traducidos a más de cuarenta idiomas y vendidos en más de doscientos países. Su presencia global deriva en una importante influencia intelectual y cultural. Desde el 2004 elige la palabra o expresión singular que mejor describe los estados de ánimo y la conversación pública cada año, incorporándola al patrimonio lingüístico universal como hizo con podcast, huella de carbono, selfi o posverdad.
El pasado 1 de diciembre, rage bait (cebo o provocación de la ira) se convirtió en la expresión del 2025, al referirse a ese contenido en línea diseñado para provocar rabia, discordia y la indignación suficiente que incremente la interacción en las redes sociales. La votación duró tres días, participando en ella más de 30.000 personas, además de lingüistas de la Universidad de Oxford.
Lo positivo es que cada vez somos más conscientes de que en el medio digital la confrontación, el insulto y el extremismo colectivo son más adictivos y rentables que el debate pacífico. Los algoritmos de las redes sociales están diseñados para dar mayor visibilidad a los posts más polémicos, contribuyendo a la polarización política y alimentando los discursos del odio.
Esto lo saben los CEO de las grandes tecnológicas, quienes, conociendo y amando nuestras fobias, espolean una cólera fingida que nos mantiene crispados y cautivos en un laberinto de resentimiento, mientras hacen caja con nuestro enojo.
Recientemente hemos sabido que algunos de los perfiles más destacados del movimiento MAGA (Make América Great Again), celoso guardián de la esencia trumpista, son bots operando en lugares lejanos como Filipinas, Nigeria, Pakistán o países de Europa del Este. Esta feligresía ultra inflada en X está sembrando la red con desinformación deliberada y teorías de la conspiración, como si estuvieran abonando enormes extensiones de ira.
El Foro Económico Mundial nos advierte que la manipulación y la polarización política son los riesgos más graves que afrontan las democracias liberales a corto plazo. Toda esta basura digital que nos satura, desorienta e incapacita para la reflexión serena tiene una sola prioridad: recoger beneficios mientras asaltan nuestro cerebro para demolerlo.
Hablamos de una clase de información adictiva y acumulativa, que carece de capacidad orientadora per se. Solo significa ruido y furia. Pero la hostilidad desatada es contagiosa, porque vive de despertar un odio aletargado y anclado en ese ultraje que no olvidamos, en ese desamparo que sentimos, en los sueños que no fueron. «Y ahí actúa el algoritmo para cebarse en nuestras inseguridades. Piensa mal y lo extenderás», concluye Irene Vallejo.
Entonces... ¿cómo nos libramos de este cebo que espolea nuestra cólera? Solo conozco un antídoto: la educación en la escuela y en la familia, donde hay que aprender a ejercitar el oído y no el odio. Volver a las lecturas profundas que nutren las conexiones neuronales, exánimes por la hiperestimulación digital, y aprender a discriminar nuestras fuentes de información para desterrar el algoritmo.
Porque un cerebro saturado no es libre, y cuando no eres libre no sabes interpretar el mundo.