Verdad, mentira y periodismo

Jorge Sobral Fernández
Jorge Sobral CATEDRÁTICO DE PSICOLOGÍA DE LA UNIVERSIDADE DE SANTIAGO

OPINIÓN

MABEL R. G.

Risas merece cuando, frente al «cualquier tiempo pasado fue mejor», se esgrime con científica y jocosa rotundidad que, como mucho, ese tiempo solo fue «anterior». Ahora bien, esa teoría general admite excepciones. En mi infancia se nos reprendía por mentir. Quedaba claro que era algo feo, impropio de gente respetable. Y cuando el discurso subía un peldaño de nivel, la mentira casaba con la inmoralidad, cosa de malas gentes. Todavía hay perímetros en los que se persigue y sanciona la mentira, la falsedad deliberada e intencional. O, al menos, eso queremos creer, dada la inusitada gravedad de que ocurriera lo contrario. Por ejemplo, la relación médico/paciente, o abogado/cliente, y otras similares. Pero el paradigma de ecosistema donde la mentira repugna, y los procedimientos que allí se ejecutan se suponen diseñados para la búsqueda de la verdad, es la sala de justicia y todo lo que en ella ocurre. Es la razón, como ejemplo, por la que los psicólogos forenses de hoy en día reciben formación especializada en informar sobre la probabilidad de que alguien altere deliberadamente lo que conoce (mienta), o finja que algo falso está ocurriendo (simule), o disfrace u oculte lo que realmente sucede (disimule). La credibilidad de ciertos testimonios, la del relato de presuntas víctimas, la tasación del nivel de conciencia que haga imputable o no a un criminal, las evaluaciones de padres en disputas de la custodia de sus vástagos, los permisos penitenciarios, etcétera, pueden depender de la pericia con que se detecte la falsedad en sus múltiples manifestaciones.

Ahora bien, al ritmo que lleva el asunto, cualquier día esto será pasado, y, esta vez sí, además de anterior, mejor. Porque la mentira viene adquiriendo un nuevo estatus. Por razones no sencillas de entender, e imposibles de abordar en una columna como esta, mentir está mutando en una opción más en el menú de las conductas aceptables. Y para arrinconar los restos de vergüenza o mala conciencia, si los hubiera, le llaman «verdades alternativas» a las trolas y se quedan tan anchos. Hace poco, mentir, engañar, era un ingrediente del cocinado de un psicópata. Ahora vamos camino de considerarlo algo banal, trivial, puramente instrumental. Un pecado tan venial que algunos hasta lo exhiben con petulante chulería, incluso en sede judicial. Y un partido de gobierno, como el PP, acude en su retórico socorro proclamando que «mentir no es ilegal». Afirmación que, además, y dependiendo de qué estemos hablando, es en sí misma otra falsedad. ¡Qué arte! Mentir sobre la mentira requiere un cierto refinamiento en la maestría del engaño, hay que reconocerlo. Aspirantes a trompeteros de la llamada «era de la posverdad». Sí, hablan de esta, de la de ahora. Apañados vamos.

Hay un ángulo de este asunto que es especialmente aterrador. Los ciudadanos no podemos tomar nota de gran parte de la realidad, de las realidades, de modo directo. El mundo de ahí afuera, lo social, los conflictos, lo científico, lo que sucede y su interpretación, o sea, el mundo a secas, es inabarcable por experiencia personal directa. Casi todo lo que sabemos es en virtud de la imprescindible función mediadora de instancias conectoras entre la verdad exterior y lo que sabemos o creemos acerca de ella. Es ahí donde está la esencia nuclear de la función social del periodismo. Informar, por supuesto. Pero es mucho más que eso. Se trata de con qué materiales se construye nuestra visión del mundo, nuestras representaciones mentales y colectivas, nuestro «sentido común». El periodismo es nuestro puente colgante entre dos orillas: el complejo mundo que nos rodea, y, al otro lado, nosotros, naturalmente ávidos de referencias sobre el orbe, sus circunstancias y protagonistas. O tenemos información veraz e interpretaciones honestas, o estamos condenados al onanismo cognitivo: yo me lo guiso, yo me lo como. La solución, la verdad, cuelga de ese puente periodístico. Como él, es oscilante, dinámica, provisional. Además de frecuentemente indigesta. Pero el ideal de su búsqueda no es negociable. O acabaremos todos aspirando al trono del pérfido Príncipe de Maquiavelo. Miente tan bien como sepas y tanto como necesites. Si el periodismo se definiera como la antítesis de un notario, Miguel Ángel Rodríguez dixit, si no ilumina la realidad, sino que se la inventa, ese nexo volador se cae y aterriza en la miseria; en la miseria moral, para ser más precisos. Larga vida al buen periodismo. Nos va mucho en ello.