El ultra zen

OPINIÓN

Julen Guerrero, como jugador del Athletic Club de Bilabo, a la llegada al hotel de concentración en Santiago en octubre del 1999, rodeado de cientos de admiradoras y admiradores
Julen Guerrero, como jugador del Athletic Club de Bilabo, a la llegada al hotel de concentración en Santiago en octubre del 1999, rodeado de cientos de admiradoras y admiradores XOÁN A SOLER

Hacía tiempo que no veía jugar a tantos equipos gallegos. Como soy socio del Cacereño, cada quince días acudo al estadio y ya he visto al Arenteiro y al Ourense. Dentro de unas semanas vendrá el Racing de Ferrol y después pasarán por Cáceres el Celta Fortuna, el Lugo, el Pontevedra… Como el Arenteiro ganó y el Ourense, a pesar de ser el farolillo rojo, empató, mis compañeros de grada me culpan de ser gafe. «Cuando vienen los tuyos les das suerte, traidor», me acusan. Y bueno, algo de razón tienen: perder contra el Arenteiro no me deprime; perder contra el Mérida me parece trágico.

Creo que para entender las ciudades hay que hacerse socio de su equipo de fútbol, y he obrado en consecuencia asociándome al Zamora, al Salamanca, al Arousa… En Badajoz también viví, pero al enemigo ni agua. Ser socio por razones más antropológicas que futboleras es arriesgado. A veces, te aburres tanto que acabas mirando el paisaje. En A Lomba miraba al Xiabre, monte sagrado de Vilagarcía, en una actitud de ultra zen muy reconfortante. Donde nunca me aburrí fue en San Lázaro.

Cuando el Compostela jugaba en Primera escribía crónicas de ambiente de los partidos y jamás faltaba inspiración. Un día se desmayó una espectadora detrás de mí al saltar al césped Julen Guerrero. Cuando vino la Cruz Roja se explicó: «Es tan guapo». Después estaba el señor que enterraba ajos bajo el banderín de córner, y el atavismo funcionaba. Y si el juego era espeso recurría a Teté Delgado, que animaba la grada con guasas y picardías. Cuando vino a jugar el Dépor a Santiago, titulé «A por ellos», y José María García descalificó el titular por incitar a la violencia. Algunos me afeaban el alegato y yo balbuceaba excusas: «Fue una tontería. Si yo soy del Cacereño».