Estamos acostumbrados a que cada día sea histórico, cada semana superlativa y cada mes decisorio. Los próximos treinta días dirán si la legislatura acabará en su fecha, como avanzó el presidente, o si Junts acaba definitivamente por mandarnos a elecciones. Lo cierto es que esta semana que nos deja ha sido prolija en acontecimientos políticos de tamaño mayúsculo, para aquellos que están acostumbrados a poner calificativos a los días.
La ruptura de Junts ha sido crucial para entender este país: ahora parece que a aquellos a los que se les ocurrió pensar que la reconciliación de los ciudadanos y de los territorios de todas las patrias y todas la matrias comenzaba por dar más capacidad de decisión a las autonomías y mayor peso en el panorama estatal a los partidos de ámbito no estatal, léase nacionalistas, les quedó la cabeza descansada.
Porque, una vez terminados los consensos de la Transición, ya nadie se siente reconciliado, sino más bien con ganas de romper el concilio e ir cada uno por su lado, o lo que es peor, andar el camino juntos poniéndonos la zancadilla a cada paso.
Como esto de la reconciliación no es solo cosa de plebeyos venidos a más con la política, también los monarcas, al menos el emérito, han querido hablar de reconciliación para darle unas bofetadas a los de al lado y a los de enfrente, que ya no se sabe quién está a cada lado del monarca emérito, salvo Froilán.
Pensó su majestad que la Navidad era un buen momento para dirigirse a los españoles desde ese exilio impuesto y, con buen criterio, en la creencia de que la mayoría de sus antiguos súbditos leen los libros solo por la portada, dejó un título reconciliatorio, imposición de la editorial, y golpeó en las páginas interiores, que esas solo las leen los enterados. Pues que se enteren, que lleva tragado mucho, pensó.
Y como siempre hay alguien capaz de superarte en el esperpento, Miguel Ángel Rodríguez, el paladín de la democracia ayusiana, no se sonrojó ante el juez mientras afirmaba que había mentido y que su trabajo consistía en defender la imagen de Ayuso. Vamos, que todo vale. Pero, aunque crean que no, aún hubo más y peor. Mientras el periodista José Precedo le decía al juez que el fiscal general no le había filtrado la información sobre la pareja de Ayuso, se atrevió a decirle a su señoría lo que es obvio: que el periodista sabe quién le filtró esa información, que no lo dude. Lo más rocambolesco viene cuando el juez le pregunta si es una amenaza y, aunque el periodista lo niega, el juez es consciente del ridículo en el que puede quedar si condena al fiscal general y después alguien desvela quién es el autor de la filtración. Sí, aunque no lo parezca es una amenaza, señoría. Puede usted condenar a alguien sin una prueba tangible, conocedor de la mentira confesa de Rodríguez, y cuando todos los periodistas que han recibido el soplo le han dicho que no proviene del fiscal. Y después, que salte todo por los aires porque se sepa quién filtró de verdad. Vaya semanita.