Nunca son tiempos fáciles. Desde que se tiene conocimiento, el ser humano se ha enfrentado a sus semejantes por un sinfín de motivos, e incluso sin ellos. Cierto que las dos guerras mundiales parecieron marcar un antes y un después por su carácter global y la devastación provocada. La muerte de millones de personas, el uso de bombas nucleares para provocar la rendición del imperio nipón y el holocausto judío parecieron convencer a la mayoría de que la guerra no era la solución. La puesta en marcha de instituciones como la ONU dieron inicio a una época en la que la humanidad soñó en que se podría acabar con los enfrentamientos. Nada más lejos de la realidad. No llegó la temida Tercera Guerra Mundial, pero se produjeron infinidad de conflictos. Desde las guerras de Corea y Vietnam, pasando por Afganistán, Líbano, Yemen o el eterno enfrentamiento palestino-israelí. Millones de seres humanos se han visto obligados a emigrar huyendo de la guerra, la persecución y el hambre.
El panorama es desolador y vergonzoso. No son buenos tiempos para la lírica y los nubarrones amenazan la llegada de más tormentas. Con la guerra de Ucrania sin visos de solución y Gaza a punto de desaparecer, el inefable Trump ha decidido renombrar la Secretaría de Estado para la Defensa como Secretaría de Estado para la Guerra, y en Francia parece que ya están advirtiendo a los hospitales para que se preparen para recibir a soldados heridos el año que viene. Tambores de guerra que no suenan tan lejanos.