Me refiero a la novela distópica 1984, escrita por George Orwell, un autor británico que sin duda debe ser muy conocido para los españoles porque, habiendo dicho «alguien debe hacerlo», él vino a España para luchar por sus ideales en la Guerra Civil, donde incluso resulto herido, y esta etapa de su vida marcó para siempre su visión del mundo. Orwell escribió: «Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo». La idea de la novela surgió acumulando su rechazo al fascismo y su denuncia del estalinismo —los dos más terribles ejemplos de dictaduras del siglo pasado—. Y ahora, en el montón del tribunas de los políticos suena: «Para entender la situación de hoy, mejor leed 1984». Es decir, la novela tiene un éxito que podría soñar cualquier escritor, porque, trascendiendo a su autor y a su época, su valor se expande constantemente. El totalitarismo, a pesar de que todos entienden su perversidad, cada vez entra en una nueva ronda y atrae a sus manipulaciones y juegos sucios a nuevos participantes. En principio, sus métodos no cambian, sino que se hacen más duros.
Soy de una generación nacida en la Unión Soviética, donde 1984, como otras obras de Orwell, estuvo prohibida. Al leer la novela la primera vez, estuve pensando que nosotros, los antiguos soviéticos, entendemos los métodos de Hermano Mayor mejor que nadie: conocemos qué es la vigilancia total, también los valores de lemas que eran diametralmente opuestos a la realidad, sabemos cuántas personas fueron torturadas hasta la muerte en las celdas de cárceles o en campos de concentración de Siberia por el régimen estalinista, sabemos cómo se podía esfumar cualquier persona junto con su nombre…
Después de 1991, la mayoría de las repúblicas soviéticas emprendieron un camino hacia la construcción de un sistema democrático, pero Rusia no solo sigue siendo un país seguidor de la URSS, sino que también quiere recuperar el control sobre Estados que ya son independientes y soberanos.
Hace unos días, los comunistas rusos aprobaron durante su congreso una resolución en la que tachan de «erróneo y políticamente sesgado» el famoso informe de 1956 de Jrushchov, que acusó a Stalin de promover el culto a la personalidad, de romper el principio de decisiones colegiadas y de ser responsable personalmente de la represión y deportación de millones de personas.
Así, «quien controla el presente, controla el pasado, y quien controla el pasado controlará el futuro» (Orwell). En general, el apoyo a Stalin en Rusia ahora es muy grande, y estoy de acuerdo, como dice el periodista opositor ruso Igor Yakovenko, en llamar «plataforma de Stalin» a la única desde la cual se permite criticar al presidente ruso, que supuestamente es demasiado humano y leal a su pueblo. Es decir, aún tiene donde moverse para que todos sientan, por fin, «la mano de hierro del dictador». El paso político-tecnológico, que no escapa al control de Putin.
Ucrania ya lleva varios meses lista para un alto el fuego incondicional. Pero durante las «negociaciones» (si esta palabra es adecuada) con Rusia, los ataques masivos con misiles y drones sobre ciudades de Ucrania hablan de su deseo y preparación para la paz. Según los datos confirmados por la ONU y Unicef, en junio de este año en la guerra contra Ucrania se registró la cifra más alta de civiles muertos y heridos (1.575), y el número de niños ucranianos entre las víctimas se triplicó en los últimos tres meses (223). Los rusos apuntan a barrios residenciales, escuelas, hospitales y otras infraestructuras civiles. Todo está grabado en vídeos —en la guerra contemporánea es imposible esconder estas cosas—. Las alarmas aéreas duran generalmente toda la noche. Si esto no es terrorismo, decidme entonces cuál es la palabra.
En 1984 encontramos una respuesta muy específica a la pregunta: ¿por qué el totalitarismo necesita la guerra? «Si hay guerra con otros países, el país está en paz consigo mismo. Hay menos revueltas sociales cuando el odio y el miedo se pueden enfocar hacia fuera».
Los propios rusos ni siquiera pueden argumentar concretamente y claro el motivo de esta guerra. Cada vez oímos algo nuevo como forma de justificar las sangrientas batallas en las que a nosotros, los ucranianos, nos arrastraron contra nuestra voluntad, pero nos vemos obligados a defendernos.
Al dictador ruso y sus secuaces lo único que les importa es el poder. Y el sentido de este poder es exactamente como lo describió George Orwell: «El poder no es un medio, sino un fin en si mismo», «...el poder absoluto y perpetuo, no para mejorar la vida de los ciudadanos, sino para ejercer control sobre ellos en todos los aspectos», «El poder por el poder», «...y, para lograrlo, utilizan la manipulación, la vigilancia constante, la propaganda y la supresión de la verdad y el pensamiento crítico, a través de la destrucción de la individualidad, torturas y la reescritura de la historia, controlando no solo las acciones, sino pensamientos de los ciudadanos».
Todos a los que les importa la libertad, lo más preciado en la vida humana, tenemos que esforzarnos para obstruir al totalitarismo y tener futuro, porque, como decía un gran escritor que vino a luchar a España, «alguien debe hacerlo».