Por encima del ruido, ahora le llaman fango, por encima de la escoria de las redes sociales, por encima de esa sociedad podrida que solo sabe mirar el mundo por el retrovisor empañado emergen Nico y Lamine. De Pamplona el primero. De Esplugas de Llobregat el segundo. Nico cumplirá 22 años el viernes. Sonroja decir que Lamine acaba de aprobar la ESO y cumplirá 17 al día siguiente. Dos niños. Listos a la legua. Tienen en la mirada el hambre de los personajes de Mark Twain. Y ambos saben que en el ADN llevan toneladas de hambre real, de miedo, de ansias por mejorar en la vida, seguramente de dignidad y decencia. Esa juventud y esa carga genética hace que se atrevan a hacer cosas que probablemente no harán cuando tengan 25 años. Sin complejos. Sin creerse más que nadie pero menos tampoco. Con alegría. A Villa, Iniesta y Xavi les han salido hijos futbolísticos de la edad de sus hijos reales.
Mbappé mediante, el próximo fin de semana podrían ser los reyes de España y su cumpleaños conjunto, fiesta nacional. En realidad, pase lo que pase, ya son los reyes. Las dos aves más exóticas de esta Eurocopa tribal, más politizada y polarizada que nunca. La mafia de la UEFA se ha lanzado a facturar sin rubor y cualquier día veremos a Andorra o Gibraltar jugando una fase final de dos meses.
Pero entre tanta desazón, entre tanto nacionalismo pacato, entre tanto rubialismo institucionalizado y entre tanto genocidio, en Europa emergen Lamine y Nico. Es el nuevo mundo en el que vivimos, un lugar que los que solo saben mirar por ese retrovisor roto jamás admitirán. Cada vez serán menos porque nuestro tiempo ha pasado y es el tiempo de Nico y Lamine.