Imbecilidad

Pedro Armas
Pedro Armas A MEDIA VOZ

OPINIÓN

A. Pérez Meca | EUROPAPRESS

06 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Quizá repare usted en que el número de imbéciles por metro cuadrado está aumentando de modo exponencial. Tal vez note que, tras la pandemia, las relaciones se han polarizado y, en distintos ámbitos (bancadas parlamentarias, platós de televisión, redes sociales, centros educativos, atascos, mercados de abastos), el personal se ha vuelto más irascible. Es como si la pandemia nos hubiese dejado una imbecilidad crónica, con síntomas de estupidez, majadería, idiotez y tontería, pues no solo prolifera el imbécil falto de inteligencia, sino el tonto de remate.

Para usted mismo, imbécil se ha convertido en un insulto ordinario, que ni siquiera precisa diferenciación de género. Algunos le advertirán de que no debe insultar, que es una falta de educación, una falta de respeto. Acto seguido, esos mismos le vendrán con el buenismo teórico, o pamplina, de que hay que respetar todas las ideas, incluidas las de Netanyahu, Putin, Maduro, Milei o Abascal, las de autóctonos y foráneos, las de binarios y no binarios, las de taurinos y antitaurinos, las de trabajadores y parásitos. Menos mal que las ideologías ahora son transversales, fluidas. Tanto hay socialismo para ricos como capitalismo para pobres.

De hecho, no importa la ideología, sino la identidad, la territorial (nacionalismo) o, sobre todo, la personal (sentimentalismo). Importan las emociones y los afectos, pero con etiquetas colectivas, porque los individuos, para sentirse arropados, no renuncian a su condición tribal. Antes, cuando usted preguntaba a alguien «¿tú qué eres?», le respondía con una profesión: albañil, camarero o funcionario. Ahora le responde, por ejemplo, con una orientación: homosexual, bisexual o pansexual. En este contexto, el insulto adquiere otra dimensión.

Cuando usted insulta para poner en evidencia al otro o, si acaso, para herir algo su amor propio, su dignidad, el insultado lo percibe como una ofensa o humillación grupal. Tal como están las cosas, si llama imbécil a un gay, es usted homófobo; si llama imbécil a una feminista, es usted machista; si llama imbécil a un inmigrante, es usted xenófobo; si llama imbécil a un progre, es usted facha; si llama imbécil a un facha, es usted antiespañol. Se ve que nadie que sea gay, feminista, inmigrante, progre o facha puede ser imbécil. Así pues, antes de llamar imbécil a alguien, asegúrese de que no pertenece a un colectivo susceptible.