«Nobel de Literatura para Taylor Swift. ¡Por qué no, si se lo dieron a Bob Dylan!»

OPINIÓN

Ricardo Rubio | EUROPAPRESS

04 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Taylor Swift, la «tormenta perfecta»

La realidad que vivimos hoy en día, tan vertiginosa y desconcertante, se ve aliviada cuando ocurren acontecimientos como los recientes conciertos multitudinarios de Taylor Swift en Madrid. Suponen un soplo de aire fresco y estimulación para dotar de cierto sentido a nuestras vidas. Una «tormenta perfecta» de musicalidad, belleza y convivencia creada entre la artista y su público en perfecta comunión.

Recientemente una revista cultural publicó un reportaje sobre la cantante, ensalzando el valor de sus letras y composiciones, avaladas por varios premios Grammy, y reconociéndola como «poeta de una nueva generación», a la que se proponía como posible candidata al Nobel de Literatura. ¡Por qué no, si se lo dieron a Bob Dylan! Su música agradable y dulce se percibe distinta al pop de Madonna o Beyoncé. Tampoco se parece a las composiciones de algunas divas como Cháris Alexiou, Eleftheria Arvanitáki o Claire Pelletier. Sin embargo, en sus creaciones se respira un contenido lírico y trascendental que recuerda el rock progresivo de los años 70, con artistas como Peter Gabriel o David Gilmour, aunque con un estilo más pop.

No sorprende que su música, con estéticas, ritmos y melodías sencillas, atrapen emocionalmente a la vez a seguidores incondicionales y a profesores/as que enseñan literatura en diferentes universidades de Europa y Estados Unidos, abarcando una gran universo multicultural. Su música cargada de poesía, buenas historias y creación de personajes nuevos o antihéroes conecta con la gente común y la hace sentirse importante. Por todo ello, en tiempos tan difíciles, es agradable celebrar esta tormenta musical y proclamar: bienvenidos al pop progresivo, donde el carácter es el destino. José Ramón García Gómez. Ourense.

«¿Por qué nadie le escuchaba?»

Una pregunta sencilla, solicitando respuesta a aquello que observaba una niña de once años, me ha llevado a escribir esta carta. Excursión a Santiago, entre las visitas concertadas nos desplazamos al Parlamento de Galicia. Nos sientan en una especie de anfiteatro, donde podemos divisar la actuación o el «saber hacer» de todos aquellos elegidos por sufragio universal. Pasados 15 minutos, salimos del hemiciclo y una de mis alumnas me hace la siguiente pregunta:

—Profe, ¿por qué había un hombre que estaba hablando y nadie le escuchaba?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque estaban escribiendo en el ordenador o haciendo otra cosa, pero no le estaban atendiendo.

Con nosotros están varios parlamentarios que han decidido saludarnos. Les digo que necesito que escuchen el mensaje de una alumna, que repite:

—No entiendo por qué había alguien allí hablando y nadie le atendía.

Sus caras cambian por unos instantes y dan diversas explicaciones: «Estamos ya tan acostumbrados que sabemos lo que dicen», «escribimos o estamos a nuestras cosas, pero escuchamos a la vez». El guía intenta justificarlo: «Muchas veces están en el Parlamento, pero el de Infraestructuras está preparando su ponencia y, además, el que habla es de Cultura y no es su especialidad; está ahí para votar por su partido».

Regreso de una ciudad y excursión maravillosas, pero mi mochila llega cargada de dudas. En esta clase bien remunerada, donde no se hablan, no se escuchan, donde hay más parlamentarios en la cafetería o en sus despachos que en la propia sede, donde se nos explica que realizan votaciones sin atender lo que allí se discute, donde nos justifican que hoy no hay mucha gente porque ayer tuvieron que estar no sé cuántas horas allí sentados... y mi pensamiento es: dos días en una semana.

Nos piden que eduquemos en valores, actitudes positivas, en respeto a los otros, y nos hemos olvidado de la esencia del ser humano: aprender de los demás, y esto solo se consigue a través de la escucha activa. Roberto López Núñez.