«Si duramos hasta los 100 años pagaremos de seguro de entierro una barbaridad»

OPINIÓN

miguel souto

23 feb 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Seguros de entierro

El Gobierno debería poner freno a los aumentos abusivos de las empresas que comercializan seguros de entierro. En mi caso, del 2021 al 2024 me han aumentado la cuota en casi un 44 por ciento (de 54,32 euros en el 2022 a 78,14 este año). Mi esposa y yo andamos por los 83 años, pero llevamos toda la vida abonando este seguro. Si duramos hasta los 100 años, al ritmo que aumenta la cuota estaremos pagando una barbaridad. Esto me hace pensar que la política de estas empresas es que llegue un momento en que no puedas hacer frente a las cuotas y te den de baja por no pagarles, lo cual les ahorraría el coste del entierro. Debería haber una protección para esos casos, que podría consistir en que la empresa tuviera que devolver una cantidad determinada si te quieres dar de baja. Manuel González Mallo. Vigo.

Rosalía, evocada por su hija Gala

Margarita Fernández Raposo, que regenta la librería en la que compro el periódico, se acuerda

de Gala, la hija de Rosalía de Castro, que vivía en A Coruña. La veía de niña desde su propia casa, situada al otro lado del patio de vecindad, ya muy anciana, sentada en una mecedora. Y es que Gala Murguía de Castro, que había nacido en Lestrove en 1871, vivió hasta el 18 de enero de 1964, hace ahora sesenta años, de modo que aún hay coruñeses que la recuerdan.

Como la propia Gala admitió en una entrevista a la periodista Victoria Armesto, fue la última yema viva del árbol genealógico iniciado por Manuel Murguía y Rosalía de Castro, y era plenamente consciente de que con ella se extinguiría su saga familiar. Casada con Pedro Izquierdo, de quien quedó viuda en 1942, no tuvo descendencia. Vivió hasta su muerte en la casa de San Agustín, 14, donde su padre había fallecido en 1923, mientras que Rosalía, como es sabido, había dejado este mundo en Padrón en 1885. Con escasos recursos económicos propios, Gala se mantenía gracias a aportaciones de los centros gallegos de ultramar, de diversos ayuntamientos y de benefactores particulares.

En 1956 fue nombrada miembro de honor de la Real Academia Galega, y colaboró en el proyecto de restauración de la casa de La Matanza, en Padrón, que acabaría abriendo sus puertas como Casa-Museo de Rosalía de Castro.

En aquella entrevista, Gala evocaba a su madre, a la que recordaba «escribiendo en su buró sin impacientarse ante los juegos de sus hijos, y alternando la producción de sus versos con las diversas tareas de una madre de familia». Como se ve, también en cuanto a conciliación familiar y profesional fue Rosalía una precursora. Gala quiso romper un esquema o prejuicio que suele asociarse a la imagen de Rosalía, negando que su madre fuera, como muchos creían (y aún creen), una mujer triste. Solo lo fue, según su hija, cuando tenía motivos fundados para ello, pero era, como se desprende de sus declaraciones, muy activa y vital: «¡Tocaba maravillosamente la guitarra! Y declamaba… Mi madre tenía grandes dotes escénicas y de joven representó como aficionada alguna función teatral». Por otra parte, reconocía, era «muy compasiva» con los pobres y los perjudicados, por ejemplo, por las inundaciones de Padrón. Gala había tenido un hermano gemelo, Ovidio, pintor, pero que murió a la edad de 28 años, a las puertas del siglo XX, y del que conservaba varios cuadros en su casa. Vivía, pues, rodeada de recuerdos de una familia ilustre desaparecida, y así lo manifestó: «Ya ve: todos han muerto —exclama con profunda melancolía doña Gala—; aún conservo encendida la lamparilla que mi madre tenía ante la imagen de la Virgen, y encendida seguirá mientras yo viva; conmigo se extinguirá su luz y también nuestra familia». Y así fue, pero, como otro poeta romántico, William Wordsworth, dejara escrito, aquel esplendor subsiste para siempre en el recuerdo, en este caso, de una obra inextinguible. Pedro Feal Veira.

Suicidios en el HALO

Sobre los suicidios en el nuevo ascensor panorámico inaugurado en Vigo, creo que el peligro no reside en la altura de dicha infraestructura, sino en lo que, como sociedad, ofrecemos a los jóvenes. Ni valores, ni responsabilidad, ni moralidad. Solo derechos y más derechos, pero de pacotilla, porque a la hora de la verdad no tienen asegurado ni vivienda ni trabajo, aunque se pasen el año recibiendo limosnas (bonos o pagas para comprar votos). Cuando el vacío sea insoportable, no tendrán armas para enfrentarse a la realidad y su extrema debilidad les hará ser presa de una vulnerabilidad sin salida. Juan Carlos Mella Varela. A Coruña.