¿Van a ser los cuatro años así?

OPINIÓN

Pedro Sánchez, en una imagen de archivo.
Pedro Sánchez, en una imagen de archivo. JUAN MEDINA | REUTERS

07 nov 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

El sainete de Waterloo se ha convertido en una aburrida telenovela con el final cantado. El todavía prófugo Carles Puigdemont y sus adláteres han descubierto el filón de la debilidad de Pedro Sánchez, y están dispuestos a exprimir al máximo el amargo trago de apoyar la investidura de uno de los firmantes de la aplicación del 155 para endulzarlo con las concesiones más inesperadas.

Hasta el momento, el equipo negociador del PSOE ha dado muestras de una inusual torpeza. Equilibrar los egos de Puigdemont y su eterno antagonista, Oriol Junqueras, le está resultando más difícil al equipo negociador socialista que atender las milmillonarias concesiones que deben sufragar para satisfacer el alquiler de los siete votos de Junts imprescindibles para conseguir la reelección de Pedro Sánchez.

Pero lo que alarma a los simples ciudadanos de a pie como el arriba firmante es que este esperpento negociador, trufado de cesiones antes imposibles —véanse las declaraciones de la ministra de Transportes sobre cercanías o las del propio Sánchez sobre Puigdemont y la amnistía—, promete convertirse en un culebrón infinito en cada votación a la que tenga que someterse la coalición los próximos cuatro años.

¿Está dispuesto Sánchez a seguir negociándolo todo en Waterloo mientras las componendas no le permitan al huido expresidente catalán regresar a España? ¿Podrá soportar la debilísima economía española el despilfarro de miles de millones de euros en caprichos mientras se tira de créditos para pagar la creciente nómina de las pensiones, que seguirá aumentando con la jubilación masiva de la generación del baby boom? ¿Seguirá Europa mirando hacia otro lado en España mientras se penaliza a países de un tamaño similar, como Polonia, por medidas contra la división de poderes incluso más suaves que las promovidas en España por el PSOE con el asalto al Constitucional, la parálisis del Supremo o la sumisión absoluta de la Fiscalía General del Estado, convertida en inesperado aliado y firme defensora de los golpistas del 1-O? ¿Tiene Sánchez alguna línea roja de verdad para sacar adelante la legislatura? En resumen, ¿vamos a sufrir durante los cuatro próximos años un espectáculo similar al actual cada vez que haya que negociar unos presupuestos o cualquier ley que no se corresponda con las demandas de los separatistas?

Cada uno puede tener su respuesta, pero la reflexión es inevitable. La investidura, más allá de los órdagos faroleros de Puigdemont —y de los que posiblemente lanzará el PNV—, está más que hecha desde hace semanas. Otra cuestión es la escenificación, y la fecha, del beso final que sellará la alianza de intereses entre los distintos interlocutores. Sánchez podrá empezar a escribir el segundo capítulo de su manual de resiliencia. Ojalá el precio no sea demasiado alto.