Ucrania: un año de guerra

José Enrique de Ayala ANALISTA DE LA FUNDACIÓN ALTERNATIVAS

OPINIÓN

LISI NIESNER | REUTERS

20 feb 2023 . Actualizado a las 11:23 h.

Se cumple un año de la invasión de Ucrania por el ejército ruso, dando lugar a una guerra que supuestamente iba a durar apenas unas semanas hasta que Kiev tirara la toalla, dada la aparente superioridad de Rusia, pero que gracias la admirable resistencia de los ucranianos y al masivo apoyo occidental en armas, asesoramiento, inteligencia y dinero, y también a los numerosos errores y vulnerabilidades de las fuerzas rusas, ha llegado hasta el inestable equilibrio actual. Ucrania ha recuperado, por retirada rusa o directamente en combate, el 55 % del territorio que Rusia llegó a ocupar desde el 24 de febrero, pero todavía un 18 % del territorio ucraniano está en manos rusas.

El balance es terrible: decenas de miles de muertos de ambos bandos, incluyendo miles de civiles ucranianos, también niños; destrucción por valor de cientos de miles de millones; ocho millones de refugiados en otros países y seis millones de desplazados dentro de Ucrania. Y una herida profunda en el este de Europa que tardará décadas en cerrarse.

Lo peor es que suma y sigue. Salvo sorpresas, todo parece apuntar a que la guerra se va a prolongar todavía durante bastante tiempo, meses o años. Parte del armamento y equipo militar que la OTAN y asociados van a proporcionar a Ucrania no llegará hasta dentro de dos meses o más, los tanques Abrams seguramente después del verano, lo que indica que se espera que la guerra siga activa en ese momento. Si finalmente se aprobase la entrega a Kiev de aviones de combate estadounidenses, los plazos para su despliegue en condiciones de operatividad serían aún mayores. Por su parte, Rusia no parece tener ninguna intención de parar, al menos hasta que no haya ocupado la totalidad del Dombás, que ha sido siempre su prioridad. Ninguno de los contendientes parece lo suficientemente fuerte para lograr una victoria total, pero ambos creen aún que pueden ganar. Habrá movimientos, ofensivas de una u otra parte, pero no es previsible que sean decisivas. Estaríamos, por tanto, ante una guerra de desgaste, más o menos estancada, a la que no se ve un final.

El segundo escenario es el más peligroso: la escalada, algo que trata de evitar la OTAN, en especial algunos países europeos, como Alemania, manteniendo un difícil equilibrio para seguir ayudando a Ucrania sin que Moscú lo considere una agresión directa. No obstante, ese peligro está lejos de ser evitado. Un error de cálculo puede producir un enfrentamiento directo entre fuerzas rusas y las de algún país aliado. O la actual cúpula dirigente rusa se puede sentir acorralada y preferir ir a una guerra directa contra la OTAN o emplear armas nucleares, antes que doblar la rodilla y poner en peligro su supervivencia. Esto podría conducir a la tercera guerra mundial y a un nivel de destrucción nunca visto.

La tercera opción es sin duda la mejor, aunque ninguno de los dos contendientes lo considere así por el momento: la vía diplomática. Una negociación que detenga la guerra y busque un acuerdo, que no va a satisfacer plenamente a nadie, pero que sea mínimamente aceptable para ambos. El Kremlin necesita algo que se parezca a una victoria, y eso significa territorio, pero sabe que, a largo plazo, su potencial industrial-militar, que es lo que alimenta la guerra, no puede competir con el occidental. Kiev no puede aceptar pérdidas territoriales, pero no parece en condiciones de recuperarlo todo, y depende de lo que quieran sus valedores y de la paciencia y perseverancia de estos. Si todos los países importantes, los que apoyan directa o indirectamente a Rusia y los que sostienen a Ucrania, lo quisieran, la guerra acabaría, pero nadie parece tener mucho interés en que eso suceda.

Es terrible que una agresión militar a un país soberano tenga como resultado una ganancia de territorio, por pequeña que sea, repugna moralmente. Pero las fronteras se mueven muchas veces, sobre todo en esa parte del mundo, la historia da muchas vueltas. Solo los muertos no vuelven. A veces hay que ser muy valiente para optar por el mal menor.