Debate: ¿Puede «morir» de éxito el Camino de Santiago?

Los expertos ven una degradación de la ruta jacobea por la proliferación de «influencers» que desvirtúan su sentido, y critican la búsqueda de récords turísticos por parte de las autoridades.

Hay mil maneras de hacer el Camino de Santiago, pero en los últimos años se vislumbra una pérdida de su sentido original y en ello han tenido que ver tanto tanto las redes sociales, que han convertido la ruta jacobea en un destino de «postureo» para determinados personajes; como el énfasis de las administraciones en que se convierta en una herramienta para hinchar las cifras turísticas. Los expertos creen que se debería repensar el modelo del Camino y poner coto a la masificación y el todo está permitido.


El espíritu del Camino se encuentra amenazado

Que para entender el presente hay que conocer el pasado es axioma de primero de la ESO, así que repasemos. Primero fue la Iglesia la que, tras el redescubrimiento del cuerpo del Apóstol en el siglo XIX (llevaba perdido 290 años), relanzó las peregrinaciones, con cierto impacto nacional aderezado con un cálido toque portugués.

La segunda fase la protagonizaron las asociaciones de amigos, tanto de España (ahí está Estella) como de Francia y Alemania, seguidas por todas las demás. Y en ese empeño siguen, con potencias como Países Bajos, que, siendo un país protestante y por lo tanto poco dado a las peregrinaciones, tiene 13.000 miembros.

La tercera fase se la apunta, y con todo mérito, la Xunta. La reinvención del Camino con el Xacobeo 93 fue un hito sin parangón en la historia moderna en lo que a este capítulo se refiere. El problema radica en saber cuándo parar. Los caminos de Santiago son rutas que mezclan lo bonito con lo feo, los senderos por bosques con el asfalto peligroso, la naturaleza exuberante con los parques industriales. ¿Por qué personas de todo el mundo los eligen en vez de recorrer otros parajes maravillosos del planeta? Sencillo: porque estos son itinerarios históricos pasen por donde pasen y porque contienen un componente de espiritualidad (y, para algunos, religioso), de ellos emanan y en ellos se aprenden valores como la solidaridad.

El cortoplacismo es malo, y en política se juega pensando en las siguientes elecciones. La palabra récord gusta en San Caetano, pero puede llevar en sí la destrucción del Camino como tal, con su carácter propio. Aumentar el número de peregrinos es estupendo para una nota a los medios, pero el incremento puede convertirse en un caballo de Troya.

A ello hay que añadir tres factores. Uno, hay quien piensa que los caminos se definen como un producto turístico más, no entienden que en realidad esa faceta —que desde luego existe— es una consecuencia secundaria de la principal. El segundo es que, con falaces argumentos de que «como en esta ría atracaron unos barcos un año» o «por aquí pasó una vez un peregrino», aparecieron los grupos que aspiran a ver el itinerario que ellos dibujaron e imaginaron con el marchamo oficial expedido por la Xunta. Y el tercero, la degradación del Camino que viene de la mano de los influencers, gente que ni pincha ni corta y que en general está pagada por empresas: su credibilidad raya el cero absoluto excepto para los indocumentados (inclúyase aquí las Macarenas Olona de turno).

Así que sí. El Camino de Santiago se puede morir de éxito. Si se quiere evitar, hay que repensar el modelo. Mejor hoy que mañana.

Autor Cristóbal Ramírez Ex presidente de la Asociación de Periodistas del Camino (Apecsa)

Turismo: en busca de una felicidad responsable

¿Sería posible un mundo sin turismo? Ni posible, ni deseable. Esta actividad, considerada como un negocio que aporta felicidad, además de ingresos, parece que no siempre ofrece su rostro más amable. Que el Camino de Santiago constituye un hecho turístico es una realidad que no tiene discusión; que quienes lo protagonizan se encuentran en actitud turística, sea cual sea su motivación, tampoco, pues se trata de personas que han abandonado temporalmente su lugar de residencia habitual para desplazarse a otro por distintas razones. La religión, la espiritualidad, la relación con otras personas, el deporte e incluso la salud pueden estar entre ellas.

Todo ello no autoriza a un todo vale, a comportamientos fuera de lo cívico, a monocultivos e intentos gubernamentales de «batir récords». Santiago y los caminos que conducen a él necesitan del turismo, pero no para que produzca efectos negativos en su población o en su patrimonio, sino todo lo contrario. Ambos deben ser los primeros beneficiados en el proceso. Algunas acciones, como el Decálogo de buenas prácticas para el final del Camino propuesto recientemente por algunos colectivos de Compostela, pueden contribuir en buena manera a ello. No sería una idea descabellada que las administraciones dejaran de lado el exceso de promoción y se encargaran de difundirlo traducido a todos los idiomas posibles y en distintos formatos. Santiago quiere turismo, pero no a cualquier precio. Organización, responsabilidad, buena gestión, siempre poniendo por delante a la comunidad, sería lo deseable. El Camino es para muchos un ejemplo a seguir, numerosos destinos pretenden imitarlo o llegar a la mitad de lo que aquí se ha conseguido, pero no debería serlo a costa de un deterioro social y una importante pérdida de identidad, de molestias y faltas de respeto para las personas que en él habitan. Mucho menos para venderlo como un destino instagrameable, una mala costumbre muy en alza en la actualidad y que no conduce más que a banalizar, una vez más, el fenómeno turístico.

Como es habitual, se trata de una cuestión de educación y de concienciación, de establecimiento de normas y regulación, de dejarse de intentar alcanzar récords de afluencia y sustituirlos por calidad y buena gestión. Quizás esas malas prácticas puedan servirnos como advertencia para aprender lo que no debemos hacer o cómo no nos debemos comportar cuando somos turistas. Porque prácticamente todas las personas, en algún momento de nuestras vidas, lo hemos sido o lo seremos. Turismo en el Camino sí, masas incontroladas y permisividad no.

Autor María Elvira Lezcano Profesora de la Facultad de Turismo de la UDC
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