¡Dios salve al Reino Unido!

José Carlos Tenorio Maciá PERIODISTA ESPECIALIZADO EN ASUNTOS EUROPEOS Y DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS

OPINIÓN

POOL | REUTERS

17 sep 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Si a la reina Victoria se la recuerda como la «abuela de Europa» gracias a la red matrimonial tejida con las distintas casas reales vecinas para colocar a sus descendientes, su tataranieta, Isabel, bien podría pasar a la historia como la «yaya universal», dado el carácter transfronterizo de respeto y aprecio que se fue ganando durante décadas en el mundo global en el que acabó desembocando su reinado.

Ello explica que, en la hora de su despedida, nos sintamos de una u otra forma concernidos. Y es que el adiós de Lilibet no es solo la pérdida de una figura paradigmática por su exquisito sentido institucional, sino un recordatorio de la vulnerabilidad de nuestra condición humana: nadie, ni siquiera los más excelsos, pueden sortear las leyes de la naturaleza.

No obstante, resulta evidente que las lágrimas más densas se concentran estos días a lo largo y ancho de Reino Unido. Hoy la visión de los británicos está empañada, precisamente cuando el país necesita mayor claridad. El fallecimiento de Isabel II se produce en un contexto especialmente delicado en las islas, donde confluyen la inestabilidad política y la división social, justo cuando acecha un panorama económico del todo sombrío.

Seis años después del famoso referendo, el brexit sigue siendo el mejor termómetro para acercarse a la realidad anglosajona, ya que continúa poniendo de relieve las grietas de la Union Jack. Una de ellas, la constitucional, podría volverse más profunda con motivo de la sucesión en el trono, ya que la monarca saliente ha venido actuando como cabeza honorable de una Unión que, sin ella, podría deshilacharse con mayor rapidez por las costuras de Escocia e Irlanda del Norte. Sea como fuere, lo que está claro es que no cabe menospreciar el impacto de un acontecimiento que, a priori, ha dejado en la orfandad a todo un pueblo; máxime cuando este se encontraba, ya de por sí, acorralado por la incertidumbre.

Por todo ello resultará vital la gestión del nuevo jefe del Estado, que deberá conciliar la continuidad con el debido cambio. La reina Isabel era única, sí, pero la patria está por encima de cualquier personalidad. No obstante, sus setenta años en el trono representan el mejor legado para su sucesor, que, aun sin poder suplirla, deberá ser quien de dejar su impronta para que la corona británica mantenga su aura; el aura que emana del ejemplo y se proyecta ofreciendo una imagen de estabilidad.

Con todo, el papel de la monarquía no será suficiente sin la participación de la ciudadanía británica. Al igual que la reina Victoria, Isabel ha marcado una era. En adelante, el reto para los británicos consistirá en ser capaces de digerir la era isabelina cuando existen síntomas de que todavía no ha sido asumido el fin de la época victoriana. No vivir de los delirios de grandeza, sino de la capacidad de adaptación ejemplificada por Isabel II; esa será la principal tarea del Reino Unido post-isabelino y, al mismo tiempo, la mejor forma de homenajear a su monarca más longeva.

God save the UK!