Las orcas, esos mamíferos marinos que parecen una chuchería de nata y chocolate de cinco toneladas, han dejado la narrativa de Liberar a Willy y están reivindicando su condición de salvajes colosos del mar. Cada día son más los ataques de las orcas a veleros de recreo sin que, hasta el momento, nadie haya dado una explicación convincente del porqué. Unos dicen que son venganzas de antiguas heridas infligidas; otros, que un juego; otros, que un aprendizaje para la caza en los ejemplares jóvenes (que son los que atacan); otros, que su objetivo es parar el barco —algo parecido a los perros cuando persiguen un coche—. Nadie lo sabe, lo único que sabemos es que es un comportamiento novedoso en estos animales que durante siglos ayudaron a balleneros y atuneros a localizar las piezas y colaboraron en su captura a cambio de unos despojos.
Es un error habitual explicar la conducta de los animales desde un antropocentrismo infantil. Las categorías buenos/malos, agresividad/juego no existen en la naturaleza, salvo que medie un lenguaje simbólico que, hasta la fecha, solo posee el sapiens; los más cercanos a algo parecido son los chimpancés y los elefantes, que a lo que llegan es a quedarse perplejos ante la muerte de un congénere, solo perplejidad, no hay pena ni dolor, porque no hay palabras para nombrar la emoción de lo irremediable de la muerte que es lo que duele de verdad.
El comportamiento animal no obedece a un porqué sino a un para qué, es decir, cumple una función. La vida salvaje es lo suficientemente salvaje como para no andar gastando energías en balde, ni siquiera en animales que, como las orcas, no tienen depredador conocido.
No se han registrado ataques directos a humanos por parte de estos colosos disfrazados de polichinela, únicamente en cautividad han atacado al ser humano, a veces con resultados letales. Dicen que si fue por el estrés de mantenerlos presos haciendo monadas, pero, en ese caso, sería porque el estrés, como en todos los mamíferos, provoca agresividad, pero nunca porque el bicho piense: «Esta de los pescaditos y los saltos acrobáticos me tiene hasta el opérculo y me la cargo sí o sí».
Las orcas se comunican entre sí a través de un repertorio de sonidos específico para cada familia —esta especie son muy de familia, los machos solo la abandonan para aparearse con hembras de otra y evitar la endogamia—, pero ese lenguaje es pragmático, sirve exclusivamente para mantener la especie no para hacer épica ni poesía.
La pregunta entonces es: ¿para qué atacan las orcas a los veleros pequeños? No tengo respuesta, pero sí considero relevante el dato de que esto comenzó justo al acabar la pandemia.