Debate: ¿Están preparados los jóvenes de 16 años para votar en las elecciones?

Sobre el tablero político está la posibilidad de que los jóvenes puedan votar a partir de los 16 años. Dos expertos, una politóloga y un psicoanalista, abordan el tema en este debate. ¿Es una cuestión de madurez?

Los políticos han vuelto a poner encima de la mesa su interes de que el voto pueda ejercerlo todo aquel ciudadano que tenga 16 años o más. ¿La propuesta es acertad? ¿Están los jóvenes de 16 años preparados y maduros para decidir sobre cuestiones fundamentales del colectivo de ciudadanos? Se abre el debate. 


¿Y la edad penal a los 16?

El Gobierno ha sugerido recientemente la posibilidad de que el derecho al voto se pueda ejercer a partir de los 16 años. Independientemente del cálculo electoral que puede subyacer a adelantar 2 años el derecho al sufragio, esta posibilidad abre el debate sobre si a los jóvenes de 16 años se les supone la información y madurez suficiente para votar con responsabilidad.

Y esta es la cuestión clave: la responsabilidad. Lo que distingue a un niño de un adulto es precisamente la responsabilidad, no la edad cronológica. Por eso podemos encontrarnos con niños maduros y, cada vez más, con adultos que son niños o adolescentes eternos.

Actualmente, se hace cada vez más difícil encontrar un adulto de verdad. Sobre todo si consideramos a un adulto como aquel que se hace responsable de sus actos y de sus consecuencias, es decir, de sus decisiones y de la posición en la vida a la que lo conducen. Un adulto de verdad no se victimiza, ni atribuye al otro los problemas de los que es responsable. Si siguiéramos este criterio, casi habría que pensar más en retrasar la edad de derecho al voto que en adelantarla, aunque no serviría de nada: el simple paso de los años no garantiza que un sujeto inmaduro alcance la madurez.

En cualquier caso, y por la vía de los hechos, la edad adulta legal ya se está situando progresivamente en 16 años. Bajo la figura del menor maduro, a partir de los 16 años un adolescente puede tomar autónomamente decisiones sobre intervenciones médicas y sobre su salud sexual y reproductiva (incluido el derecho al aborto). Pronto podrá también, a los 16 años, elegir a voluntad (sin ningún tipo de tutela), su identidad de género. Si puede decidir sobre sí mismo en cuestiones fundamentales, ¿por qué no podría decidir sobre lo colectivo?

Esta tendencia al reconocimiento precoz de derechos, que parece imparable, no deja de participar de la lógica actual que favorece el acceso a todos los derechos, sin la contrapartida de las obligaciones. Aceptamos que, a partir de los 16 años, los jóvenes tienen madurez suficiente para decidir sobre cuestiones fundamentales de su vida y, ahora, se plantea la posibilidad de reconocerles la capacidad del ejercicio, se entiende que responsable e informado, del derecho al voto. ¿Estaríamos igualmente de acuerdo en rebajar la edad penal adulta a los 16 años? ¿Un joven de 16 años puede estar en condiciones de responsabilizarse del gobierno colectivo y, al mismo tiempo, no ser plenamente responsable de un acto criminal?

Autor Manuel Fernández Blanco Psicoanalista y psicólogo clínico

El tema va de a quién votar

Desde el último cuarto del siglo XX se ha producido un cambio fundamental en los elementos que están en la base de la decisión de voto de los ciudadanos. Frente a la idea de que elegían en función de lo que eran, los últimos cincuenta años han servido para separar las condiciones de vida de la orientación de voto.

Y todo, porque sectores importantes de los trabajadores han decidido votar a los partidos de derechas, las clases medias-altas se han orientado a la izquierda, o las mujeres latinas, en una importante proporción, decidieron en su día apostar por Trump. Aparentes contradicciones a las visiones de los intereses que habían orientado la explicación de voto tiempo atrás.

Los ricos votan a la derecha, los trabajadores a la izquierda, los negros a los demócratas, los blancos son conservadores, y los tópicos tienen siempre algo de cierto; pero aún es más cierto que estos tópicos están perdiendo fuerza porque la gente ha dejado de expresar su elección en función de lo que es y lleva mucho tiempo votando en función de lo que percibe.

La diferencia entre una cosa y otra es que uno no puede cambiar lo que es. Si eres negro eres negro, pero sí puede incidir en tu forma de percibir las cosas; cada uno de nosotros decide si quiere ver la botella medio llena o medio vacía; en la percepción hay voluntad, y en función de esa voluntad, votamos.

Los elementos socioestructurales que tradicionalmente sirvieron para explicar el voto inciden cada vez menos en la decisión de elección, pero es precisamente la edad la que conserva mayor poder explicativo. Elegimos de forma diferente con la edad porque tenemos formas diferentes de percibir y emociones también diferentes.

Por eso, la decisión de rebajar la edad de voto a los dieciséis años no es una decisión neutra, al contrario, para algunos partidos es una decisión estratégica, como también lo fue en su día la incorporación de las mujeres al voto; y no causó poco revuelo en los sectores de izquierda.

No dudo que el tema de la edad hará correr ríos de tinta sobre si los jóvenes están preparados, si son extremistas, si son manipulables, incluso si son más emocionales. En el fondo, es cierto que esta decisión podría incorporar a un sector de la población con más tendencia a mirar a los extremos que al centro, pero si algo nos han enseñado estos locos años centrífugos, es que el propio sistema tiende a preservar su tensión centrípeta, solo hace falta que aparezca alguien con capacidad para cohesionar el voto. Porque no va de quién vota sino de a quién votar.

Autor María Pereira López Profesora de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Santiago. Miembro del Equipo de Investigaciones Políticas de la USC
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