El umbral de dolor de Nadal

Juan Castro Toral JEFE DE SERVICIO DE CIRUGÍA ORTOPÉDICA Y TRAUMATOLOGÍA DEL HOSPITAL SAN RAFAEL

OPINIÓN

AFP7 vía Europa Press | EUROPAPRESS

12 jun 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Vaya por delante mi escasa afición a los temas deportivos, compensada con una gran curiosidad por las conductas del ser humano en casi cualquier aspecto de la vida. Como médico y traumatólogo convivo a diario con el sufrimiento y, seguramente, porque con demasiada frecuencia no pude aliviarlo como era mi deseo, me preocupa entender la esencia de nuestro gran enemigo, el dolor.

¿Pero es realmente el dolor un enemigo? La ciencia nos dice lo contrario. En efecto, la vida sin dolor es complicada y en muchas ocasiones muy breve. Tal es el caso de Steven Pete, un estadounidense que nació en los años setenta con analgesia congénita, un raro trastorno genético que le impide sentir ninguna clase de dolor físico. «Tenía unos cuatro o cinco meses cuando me diagnosticaron», decía Pete en una entrevista que le hicieron a los treinta. «Me habían empezado a salir los primeros dientes y ya me había comido casi un cuarto de la lengua», recuerda. El dolor es una alarma, un timbre que nos avisa de que algo puede ir mal. Pero la naturaleza va más allá: para evitar que ignoremos estás señales, como si fuera la alarma de un coche en un día de temporal, el dolor nos provoca una sensación de malestar intenso que en muchos casos nos lleva a suspender la actividad que estamos realizando y que podría ser la causa de ese dolor. Es lo que llamamos componente emocional del dolor y que en realidad es el único responsable del sufrimiento que precisamente el dolor nos causa.

La asimbolia al dolor es una enfermedad causada en la mayoría de los casos por una lesión cerebral que desconecta entre sí ciertas partes del sistema nervioso de tal manera que, grupos de células nerviosas que antes trabajaban de manera coordinada dejan de hacerlo, y por ello la experiencia del dolor queda «separada» de la experiencia del sufrimiento. Quienes la presentan son capaces de detectar e identificar como tales los estímulos dolorosos, pero no se genera una reacción instintiva ni emocional negativa. Sabemos que nos duele, pero ni nos importa en absoluto, ni tenemos el impulso de alejarnos de la fuente del dolor. Imaginemos ahora que calentamos progresivamente un objeto en contacto con nuestra piel. El momento en que dejemos de percibirlo como caliente y que digamos que nos quema, es nuestro umbral del dolor. ¿De qué va a depender la temperatura que soportemos? Pues de factores tan diversos como el grosor de la piel, el hábito de manejar cosas calientes, nuestro estado de ánimo e incluso del interés que tengamos en demostrar nuestro aguante… La intensidad del daño necesaria para provocar dolor y la capacidad de soportarlo sin intentar escapar varía notablemente entre las personas. El deportista de élite llega a lo más alto porque tiene un excepcional potencial genético, que debe desarrollar con un duro trabajo, que requiere una enorme voluntad de éxito (motivación para llegar a la meta) y una más que notable capacidad de sufrimiento. Esto incluye un elevado umbral del dolor y el desarrollo de una gran tolerancia al mismo antes de iniciar conductas de evitación. Y Nadal es el paradigma de todo lo anterior.