«Nos bebíamos el agua de los retretes»

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

MIGUEL GUTIERREZ | EFE

08 may 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

El infierno en la tierra no es el Bernabéu para sus rivales. El fútbol es opio. El infierno en la tierra ahora mismo es la acería de Mariúpol. Lo sabemos por los pocos civiles que van saliendo de ese subsuelo, que es el subsuelo del mal, de lo peor del ser humano. Una mujer con su hija cuenta que ya antes, cuando estaban en la casa de la cultura, «no teníamos comida ni agua, nos bebíamos el agua de los retretes». Así es la guerra que Putin ordenó. Decidieron refugiarse en la acería y pasaron dos meses sin comunicarse con nadie, sin poder hablar con el exterior, hasta que la mujer que es madre de otros dos hijos pudo hacerlo y entonces se le volvió a caer el mundo, su mundo. Se enteró por su hijo de 17 años que su otro hijo de 22 años había muerto. Un obús estalló cuando huía de un bombardeo con su novia y la metralla le atravesó el cerebro. El suelo se llenó del líquido de la sangre y del líquido del cerebro. La misma metralla solo hirió en la mejilla a la novia. Así de absurdo es todo. Una décima de segundo, un centímetro, entre la vida y la muerte, entre reventar o recibir una herida. Dos meses después sabes que tu hijo ha muerto. Por supuesto, nada acerca de su cadáver. Supone que estará en una de las muchas fosas comunes que hay. La hija de Tatiana, de 10 años, que sobrevivió a esos meses agazapados en la acería de la que se llama la ciudad de María, dibujaba pizzas en pedazos de papel. Las recortaba, redondas, para soñar que se las comía. La madre, 47 años, esa mujer que ya sabe que tiene un hijo menos, perdió diez kilos. También sobrevivió la abuela. Pero lo que de verdad se han dejado todos en la acería es el alma, hecha astillas. El corazón explosionado por un sufrimiento que le acompañará toda la vida. Le cuenta el infierno en la tierra a los periodistas y, después de llorar en palabras, qué hace: ducharse, ducharse al fin, cenar, cenar al fin, y cargar el móvil. Cuando carga el móvil es cuando sabe que su hijo ha muerto. La guerra es la basura de los seres humanos. Los soldados que siguen en la acería explican que no pueden con el olor. Conviven con los cadáveres de sus compañeros tirados en los mismos pasillos y galerías. El final del relato de esta mujer que ha recogido Javier Espinosa en El Mundo es una enseñanza. «Antes me iba de viaje y perdía un montón de tiempo pensando qué ropa llevar y qué ropa dejar. Ahora no tengo nada. Así que no necesito ni maleta». Seguimos asustándonos. Decimos que cómo podemos estar en guerra en el siglo XXI, pero no sirve de nada. Las sanciones son pompas de jabón para Putin. Le estamos financiando el ataque a la acería de Mariúpol cada vez que la UE compra su energía. Algunos cálculos cifran en 800 millones de euros los que le pagamos cada día por su gas y su petróleo. Primo Levi: «Los que vivís seguros en vuestras casas caldeadas. Los que os encontráis, al volver por la tarde, la comida caliente y los rostros amigos: considerad si es un hombre. Quien trabaja en el fango. Quien no conoce la paz. Quien lucha por la mitad de un panecillo».

La salida a este disparate no está en que Ucrania gane Eurovisión.